El Nacimiento de la Literatura Griega
El término “literatura griega moderna”, tan usado para describir la producción literaria griega en su idioma vernáculo durante la era Bizantina y post Bizantina, es una impropiedad, sin duda. Y esto porque con cultivar la lengua vernáculo necesariamente no se marca el nacimiento de una nueva tradición literaria que se basa en los niveles estilísticos “altos” y “medios” que deben mucho a los modelos clásicos. En vez de ser el punto de surgimiento de una nueva literatura, emerge y crece paralelamente a la tradición griega existente. La práctica convencional de rastrear los orígenes o despertares de una conciencia moderna griega específica hasta esos ejemplos tempranos del uso literario del idioma vernáculo no debe presentar tantas confusiones. El contexto cultural dentro del que las primeras obras se crearon era, sin dudas, Bizantino. El primer grupo de tales obras se remonta principalmente al siglo XII: poemas satíricos como el Ptochoprodromika, el poema moral Spaneas, los versos didácticos y autobiográficos escritos en su celda por Michael Glykas, una oración en verso para la Princesa Acnes de Francia, y un puñado de muestras de poesía heroica como la Canción de Armouris y la épica Digenis Akritas, componen las obras de incalculable valor de los siglos XI y XII.
Es extremadamente difícil, en estas obras, remontarse incluso de manera embrionaria, a algún tipo de conciencia griega moderna que pueda diferenciarse ampliamente de la identidad e ideología bizantina. Complejo como sea, una conciencia griega moderna en la literatura solo puede localizarse un poco más adelante en la cronología. Por ello, debe saberse que cuando se hable de literatura griega “moderna” en cuanto a las primeras obras en idioma vernáculo durante la era bizantina, se usa en pos de la conveniencia para describir la forma lingüística de nuestros textos en vez de asociarlo con una conciencia nacional particular sobre la literatura, o la literatura misma. La gran mayoría de las obras literarias de esta época sobrevivieron en el anonimato. Más aún, ha sido difícil darles fecha a muchas de ellas. La manera proteica como sobrevivieron hasta nuestros días no ayuda. Algunas se conservaron en manuscritos, y cada una de éstas con una substancial variación o variaciones imperdonables de su original. Este fenómeno también fue común en el Occidente medieval, debido a los métodos por los cuales los textos se copiaban y luego masificados en la era del manuscrito. Durante el proceso de copia de un texto se alteraba o poco o mucho según el escriba, debido a su grado de ignorancia o su desinterés, o incluso algunas veces por la deliberada intervención de un redactor. Esto se explica en parte ya que en el Medioevo las nociones de originalidad, estilo personal y propiedad intelectual eran muy distintas a las que tenemos hoy. De cualquier modo, las diferencias entre varias versiones existentes de un texto también pueden mirarse desde la tradición oral de la composición poética. La oralidad, esto es, la técnica de la improvisación oral que se basa en el sistema tradicional de fórmulas correspondientes a unidades métricas y conceptos particulares poéticos, constituye una herramienta de composición que, aunque no cuente completamente con el auxilio de la escritura, no obstante influencia las técnicas de la composición escrita. Algunos sistemas característicos de fórmulas las asimila la tradición escrita y contribuyen a la creación de un estilo tradicional que exhibe, amplia o estrechamente, características más comúnmente asociadas con la poesía oral.
El Ptochoprodromika, un poema bellísimo que no se encuentra por internet en su versión preservada e íntegra, tiene líneas que son por sí solas un hito de la literatura bizantina de la que surge la literatura griega. El narrador, evidentemente un poeta y estudiante sin dinero, envidia la vida de sus vecinos que son ricos sin necesidad de una educación (artesanos, comerciantes), y maldice (a su modo) el día que su padre le exigió que se educara. Su frustración al ver que, la educación, no produce tantas riquezas, después de todo. La tercera parte, es en estos términos:
Sólo busca verte prosperar y aprende tu abecé.
Verás tú al tipo, mi hijo, que solía a veces caminar –
Pues ahora monta un magín de mula gorda como puerco…
Al comenzar la escuela – ¡solo piensa! – nunca vio un baño
Y ahora – ahora, tres por semana moja su precioso… cuerpo”.
[…]
Así que estudié mis lecciones y me esclavicé y leí.
[…]
¡Ah por poco de comida, migajas, mira mis lágrimas!
¡Maldigo los días que fui al colegio, maldigo los años perdidos!
[…]
¡Que el diablo se los lleve, que vayan juntos al infierno
y maldito el día que me enviaron al colegio!
¡A aprender, dijeron, mi abecé, de lo que ganaría bien…!
[…]”
















