Nuevos vientos literarios desde Venezuela

Desde la terraza del hotel Francés de Guadalajara se ve gran parte de la catedral y del centro de la ciudad. Pero no se ve del todo lo que está pasando con las letras venezolanas. Esta impresión vino en plena madrugada del viernes 2 de diciembre, en los últimos días que le quedaban a la Feria Internacional del Libro (FIL) de la capital tapatía.

En una reunión informal salpicada por el tequila de Jalisco, Rodrigo Blanco Calderón, Willy McKey y Adriana Romero discutieron sobre el camino de la literatura de su país. Blanco Calderón, profesor de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela, autor de dos libros de cuentos y miembro vitalicio del grupo Bogotá 39, juraba que todo el fenómeno de publicación se debía a las erráticas políticas gubernamentales del presidente Hugo Chávez, decantadas en la figura del control cambiario. McKey, enfant terrible de la revista de poesía El Salmón, no desdecía del todo a su amigo, mientras Romero, en su papel de jefa de comunicaciones de la editorial Alfaguara en Venezuela, les refutaba a gritos que ésa no era la única razón de peso. El encuentro no hubiese pasado de otra reunión de camaradas en el extranjero, de no ser por algunas razones: los tres contertulios no pasaban de veintitantos años, los tres contertulios representaban el ambiente literario de su país sin necesidad de ser unos académicos en edad de retiro, los tres contertulios orientaban su cháchara hacia un tema que no se suele tocar en estas situaciones.

Desconocer en este dato el viraje de la salud de la literatura venezolana sería una necedad. Blanco Calderón mismo es un ejemplo viviente: es una de las voces más respetadas del ambiente intelectual de su país, con un libro en camino por el sello Random House de España y miembro de la mesa temática ¿Qué está pasando en Venezuela? Un panorama de la nueva narrativa de esta reciente feria de Guadalajara. Sin embargo, éste no fue el único evento relacionado con la patria de Simón Bolívar en los recintos de la Expo: el poeta Rafael Cadenas fue el ganador del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances de esta edición; Juan Villoro fue el presentador del libro Crímenes (Anagrama), del escritor Alberto Barrera Tyszka; Jorge Volpi hizo otro tanto con el título finalista del Premio Debate-Casa de América, La herencia de la tribu. Del mito de la independencia a la Revolución Bolivariana (Alfadil), de Ana Teresa Torres, mientras que autores como Manuel Caballero, Gustavo Guerrero, Luis Enrique Belmonte, Lucas García y algunos de los ya nombrados formaron parte de encuentros nacionales de cuentistas o de mesas redondas sobre caudillos carismáticos.

Para muchos escritores venezolanos hablar de un boom literario es una inexactitud. Oscar Marcano, ganador del Premio Internacional Jorge Luis Borges 1999 por su volumen de cuentos Lo que François Villon no dijo cuando bebía (rebautizado por el sello Seix Barral como Sólo quiero que amanezca), es enfático en sus apreciaciones:

“La interrogante sobre esta discusión se produce por ese carácter exaltado que nos estigmatiza –comenta Marcano antes de retomar: por ese tono esnob y adolescente que no dejamos de observar los venezolanos frente a la vida, frente a la historia, frente a lo que nos ocurre. Hay, de hecho, en nuestro patio, un auge del libro y de las obras venezolanas en particular. ¿Pero es esto un boom? ¿Qué es un boom? ¿Cuándo se produce un boom?”

Para él, al igual que para Barrera Tyszka y Blanco Calderón, la razón primordial del auge se encuentra en la devaluación de la moneda y en el rígido control cambiario impuesto por el Gobierno bolivariano. Esto hace más costoso el libro importado, y las trabas producen el efecto de buscar en la edición de los autores nacionales la única solución viable para el mercado. No obstante, quienes trabajan dentro de la industria no piensan igual que los escritores, y prefieren agarrar esta hipótesis con pinzas.

“Especular de esta forma demuestra un poco de candidez por parte de nuestros intelectuales –comenta un editor venezolano que pidió no ser identificado. La gente cuando quiere un libro es capaz de pagar lo que sea por tenerlo. Ahí está el caso de Stephenie Meyer con la saga de Crepúsculo. Cada entrega es más cara que la otra y aun así vuelan de las librerías. Por otro lado, los tirajes de nuestros escritores son tímidos. Las editoriales los hacen para labrarse una reputación, a veces, casi que con un espíritu de responsabilidad social. Salvo contadísimas excepciones, no existe un autor serio de literatura venezolana al que se le haga una gran impresión. Si llegan a 3.000 ejemplares, es mucho”.

Lo cierto es que los datos no mienten. Hace poco más de una década la edición venezolana descansó casi en exclusiva en el aparato del Estado. Libros del sello Monte Ávila fueron punta de lanza y carta de presentación de sus escritores patrios. El mexicano Juan Villoro en alguna ocasión confesó que buena parte de su preparación intelectual se la debía a estas ediciones. Ahora las cosas han cambiado. Más de tres cuartas partes de la producción literaria actual está respaldada por iniciativas privadas, independientes e institucionales, mientras el Gobierno publica a mansalva libros laudatorios, cuando no enormes impresiones de clásicos universales que luego son repartidos en actos públicos.

“A veces veo libros de grandes tiradas. Me pregunto quién los comprará, quién los leerá –dice la escritora Victoria De Stéfano-. Y cuando hablan de textos regalados, como ha ocurrido, quisiera saber si eso tiene sentido. Para que el pueblo lea, no basta con que le obsequien los libros; el pan se come, pero los libros requieren de una relación, una preparación, una disposición, un proceso más complejo. No basta tenerlos en la mano para abrirlos y leerlos”.

De Stéfano es una de las firmas más personales del panorama venezolano. Libros como El lugar del escritor (Siglo Veintiuno Editores) y Lluvia (Candaya) fueron publicados fuera de su país y la convirtieron al instante en referencia obligada de escritores como Sergio Pitol, Enrique Vila-Matas y Sergio Chejfec. Su visión del fenómeno sobre las letras de su nación es carente de sobresaltos. Con una vida digna de un cartujo que escribe sin esperar nada a cambio, el tema de la internacionalización no le parece el gran indicador de la buena salud literaria de Venezuela.

“El hecho de que algunos escritores sean publicados fuera del país significa algo, pero no hay que hacerse muchas ilusiones de que estemos viviendo una edad de oro nunca antes vista -explica. En su tiempo, Rafael María Baralt, Rómulo Gallegos, Arturo Uslar Pietri, Mariano Picón Salas, Teresa de la Parra, Guillermo Meneses, Salvador Garmendia y Adriano González León fueron editados en el extranjero, cosa que sucede ahora con Rafael Cadenas, Eugenio Montejo y José Balza. El ser publicados dentro o fuera del país no nos hace mejores ni peores escritores. A veces es cuestión de suerte o de oportunidades”.
Al tema de los premios también se le podría aplicár la
lógica de De Stéfano. Con la entrega del Herralde de novela 2006 a La enfermedad de Alberto Barrera Tyszka, Caracas y sus alrededores entraron en conmoción. Las comparaciones con el Biblioteca Breve que consiguió Adriano González León con País Portátil en 1968 fueron obligadas.

Sin embargo, había algo que no cerraba del todo. “Hay reconocimientos a los cuales se les ha prestado poca atención, especialmente en el espacio de la poesía –dice McKey. El Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo 2004 a Eugenio Montejo, el Gran Premio Internacional de Poesía de la Bienal de Lieja 2001 a Alfredo Silva Estrada, y éste que se acaba de ganar Rafael Cadenas en la FIL no son galardones menores. Incluso Luis Enrique Belmonte, con 27 años, se alzó con el Premio Adonáis de 1998, y se dio el lujo de darle un plantón al rey Juan Carlos de Borbón porque no quiso ponerse un fraq para recogerlo”.

Según algunos poetas venezolanos, el fallo en la percepción estriba en que siempre se espera que se distinga a esa bendita gran novela que está por venir, en un empeño de mostrarle al continente que en Venezuela también hay narradores. Lo que ha hecho que el Anagrama de Ensayo de Gustavo Guerrero de 2008 por Historia de un encargo: ‘La catira’ de Camilo José Cela. Literatura, ideología y diplomacia en tiempos de la Hispanidad, parezca un premio de consolación.

Quizás hay algo de cierto en todo esto, aunque las razones sean otras. Jorge Herralde, editor catalán y dueño del sello Anagrama, resumió su punto de vista sin mucho pensarlo: “Editar a un autor venezolano es algo casi demencial. Ahora mismo tengo a Gustavo Guerrero y a Barrera Tyszka con dos títulos premiados que no tienen distribución en sus países de origen. De hecho, Crímenes se consigue en Colombia, pero no en Venezuela, por todas las restricciones que nos han puesto para la importación. Así es muy difícil apostarle a la literatura venezolana”.

Otros autores, como Norberto José Olivar, Rodrigo Blanco Calderón y Rafael Castillo Zapata, ignorantes de las palabras de Herralde, ven el asunto de los premios de una manera menos apocalíptica. Para ellos el mayor obstáculo para no ganárselos radicaba en la negación del literato venezolano a participar en cotejos internacionales.

“Supongo que no queríamos ser escritores, que nos asumíamos como fracasados –sostiene el novelista e historiador Olivar-. Ahora creo que hay un cierto optimismo entre nosotros, aunque sea probamos suerte. Y eso ya es bastante.”

En un país en donde, a juicio de Fedosy Santaella, Willy McKey y Roberto Echeto, los escritores hacían esfuerzos sobrehumanos para no ser leídos por nadie que no fuera su amigo del alma, llama la atención que ahora el consumo de obras de ficción esté arropado por títulos de novela histórica. “Esto pasa porque la historia da una suerte de ancla, de sentimiento de que hay algo a lo que aferrarse –sostiene la autora Ana Teresa Torres-. La pura ficción interesa menos. Por otro lado, los venezolanos tienen una pasión por el poder político, y ese es un tema que aparece más en la novela histórica o en los ensayos”.

Es probable que esa sea la razón por la que Federico Vegas, después del éxito de Falke (Jorale y Mondadori), ahora esté inmerso en la redacción de un voluminoso libro sobre el asesinato del ex presidente venezolano Carlos Delgado Chalbaud. Algo parecido sucedió el año pasado con Francisco Suniaga, al presentar en sociedad su novela El pasajero de Truman (Mondadori). El texto, calificado como un libro de tesis política, que narraba el fracaso y la demencia de un candidato presidencial en 1946, fue el más vendido y levantó pasiones encontradas.

“Ocurre que muchas personas ven en la novela histórica una vía de aprendizaje académico –dice Santaella-. Es decir, creen que están leyendo grandes verdades en estos libros. Olvidan que los escritores mienten y que no saben nada de historia ni de filosofía ni de política. También creo que los autores que siguen este camino sin plantearse retos sobre lo preestablecido apuntan a lectores que ya existen, probados, que están ahí, hambrientos de las galletitas con el mismo sabor. Eso fue lo que pasó con el libro de Suniaga. Es más arriesgado buscar nuevos lectores, con otros gustos, y que también podrían estar en el mercado”.

Para otros intelectuales el problema de la baja calidad literaria es más ubicable, no tiene tanto que ver con la novela histórica y aparece sin necesidad de mayores tanteos: todo el drama se encuentra en el empeño que tienen muchos historiadores y periodistas en acercarse a la ficción.

A muchos metros del apartheid literario, y ajenos a toda polémica, Rafael Cadenas y Gustavo Guerrero caminaban por la feria del libro. Parecían estar inmersos en otro mundo. Nadie sabía de qué tanto hablaban por los pasillos del recinto, aunque la enésima pregunta sobre la naturaleza de este reportaje pudo sacarlos de su diálogo.

“Yo no sé si hay tal boom de la literatura venezolana –comentó Guerrero, ya no como el consejero para la lengua española de la editorial francesa Gallimard, sino como un tipo que podía permitirse una broma entre tanta candela: Pero no estaría demás correr la bola, para ver si así nos publican más”. A lo que Cadenas esbozó una de sus poquísimas sonrisas conocidas.

Inglaterra elogia "Los Ejércitos" de Evelio Rosero

Tuve la oportunidad de reseñar en mayo de 2007, y en exclusiva para España, "Los Ejércitos", la gran novela del escritor colombiano Evelio Rosero que había sido galardonada con el prestigioso y muy esquivo Premio Tusquets Editores de Novela 2006, una referencia de calidad literaria indiscutible en el panorama hispanoamericano de las letras. Apenas corría un mes desde su primera edición y ya la editorial en Barcelona había lanzado una segunda edición para cuando terminé la última página. Estaba maravillado, yo, que había perdido ya las ilusiones de que pasara algo "grande" en la literatura de Colombia. Sin embargo, dos años después, mantengo las ideas brevemente allí esbozadas, y, por el contrario, a propósito del reconocimiento que le ha dado uno de los premios más importantes del Reino Unido, continúo aquí ese elogio y recomendación. ~ Max Vergara Poeti

A través de la historia de literatura moderna, desde las ciudades surcadas por cicatrices y los valles devastados de la guerra civil en España, la Francia ocupada y hasta los pueblos de selva de Vietnam y las comarcas tristes de Irlanda del Norte, las guerras sucias a menudo engendraban la clase más pura de ficción. Donde la violencia arbitraria pone cada valor en el peligro que genera, y un final a todo cae de un cielo despejado o explota en la puerta muda de una calle, la historia de vidas en peligro puede adquirir una fuerza, gravedad y ternura sin paralelismos.

Entonces es el caso de la novela que ha ganado el Premio de Ficción Extranjera (Independent Foreign Fiction Prize) de este año: “Los Ejércitos”, obra del escritor colombiano Evelio Rosero´y traducida del español por Ana McLean como “The Armies”, publicado en Gran Bretaña por MacLehose, de Quercus. Como es lo usual, autor y traductor compartirán el premio de £10,000, que generosamente es apoyado por el Consejo de Artes de Inglaterra y Champagne Taittinger. Linda Grant, miembro del jurado, rindió con elogios su tributo a la novela victoriosa; el panel crítico de este año estuvo presidido por Kate Griffin, Fiona Sampson y y Mark Thwaite.

De 126 libros puestos a consideración, dos novelas colombianas alcanzaron la lista de candidatos preseleccionados. Una fue “Los Ejércitos” (The Armies), mientras que la otra, con bastantes méritos también, era “Los Informantes” (“The Informers”), escrita por Juan Gabriel Vásquez, (y elogiada por John Banville) – y también traducida por la misma Ana McLean. Los contendores, cada uno de ellos calurosamente apoyado sin rodeos hasta el final, fueron: “Voice Over” de Céline Curiol (traducido por Sam Richard); “The Siege” por Ismail Kadare (David Bellos); “Beijing Coma” por Ma Jian (Flora Drew); y “Friendly Fire” de AB Yehoshua (Stuart Schoffman). Y esta, pues, no era una lista cualquiera.

Apacible en voz pero feroz en su impacto, “Los Ejércitos” cuenta la historia de la destrucción de una pequeña ciudad montañosa a manos de bandas rivales de soldados, guerrilleros y paramilitares que han ultrajado a la Colombia rural durante al menos cuatro décadas amargas de lucha. Impecablemente equilibrada y escrita, la versión inglesa de Ana McLean le hace justicia al original. Esta guerra es cada guerra; estas víctimas son todas las víctimas; estos ejércitos, cada nerviosa mano de algún niño asustado que alguna vez apuntó un rifle. Sin embargo, es este el lado contrario de una novela nihilista, ya que los pequeños actos de amor, la amistad y la solidaridad tratan de no apagarse contra el borde de la aniquilación. Si esta edad de terror y contraterror, de insurrección y contrarebeldía, y - encima de todo - de sufrimiento civil "y daño circunstancial" necesita su propia respuesta de baja intensidad a una ya olvidada “Sin novedad en el frente”, no debe parecer descabellado que su lugar lo tome una novela como “Los Ejércitos.”

No hay ninguna familia en Colombia que no se haya visto afectada

Cuando Ingrid Betancourt fue liberada el verano pasado después de permanecer seis años como rehén de los guerrilleros, los pensamientos de Evelio Rosero estaban con las víctimas de los que aún permanecían en cautiverio. Se trataba de ciudadanos ordinarios, tomados por guerrilleros, paramilitares o gamberros criminales que cobran rescates a veces impagables, y no, pues, "las joyas de la corona", como se conocía a la política colombo-francesa y sus tres compañeros estadounidenses. “Estamos todo felices, " me dijo Rosero alguna vez en Bogotá, tras el rescate de Betancourt, "Pero ella es una entre muchos, y no debemos olvidar al resto."

La preocupación de Rosero por el tema de los civiles se alimentó de cuatro décadas de conflicto fratricida vivido y fue precisamente lo que estimuló su libro ganador, “Los Ejércitos”, a convertirse en una novela especial. Él antes había escrito cuentos y libros para niños, y esta fue su séptima novela, publicada en español en 2006 (ganadora del no fácil de obtener Premio Tusquets, que ha sido ya declaro desierto dos veces de cinco convocatorias por mala calidad de las obras presentadas) - y su primera en ser traducida al inglés. En 2006, obtuvo el Premio Nacional De Literatura de Colombia, concedido por el Ministerio de Cultura.

Porque también es periodista, a sus 51, Rosero recuerda aún los cuatro años que pasó en París y Barcelona en la década del 80 del pasado siglo. Porque se trata de un hombre tímido, privado, fue casi un milagro que accediera a hablarme en Bogotá, fundada a altitudes mayores sobre los Andes entre las cimas heladas, mientras estaba en la busca de reflexiones sobre el arte de la guerra más larga en América del Sur.

No menos de 100,000 personas - sobre todo civiles - han sido asesinados "o desaparecidos" en los últimos veinte años en un conflicto que es del ejército, los narcotraficantes, guerrilleros y paramilitares por igual, según el informe de Amnistía Internacional presentado en octubre de 2008. Si es cierto que con mucha mano dura y laxitud frente a los derechos humanos ha funcionado "la seguridad democrática " del Presidente Alvaro Uribe, en el poder desde 2002, la situación ha mejorado sustancialmente sólo en las ciudades. Sin embargo, aún en el campo como en mil historias personales, desconocidas y silenciadas, la guerra continúa. Colombia sigue siendo, a pesar de sus esfuerzos, líder mundial en minas antipersonales, y uno de los países con uno de mayores índices de impunidad.

El escenario rural que plantea Rosero en su imaginaria San José, pueblo rodeado por campos de coca y plantado de minas, no es “un verdadero lugar”, afirma Rosero, pero un compuesto que "puede significar cualquier pueblo en Colombia. Tomé la vida diaria, lo idílico tal y como es, y lo saboteé a medida que la violencia entraba en la historia."

Mientras el profesor jubilado Ismael busca a su esposa desaparecida, y el pueblo se desocupa con el repiqueteo de las balas y los secuestros hacen su parte, la novela desciende de la comedia apacible con la que se abre en la violencia brutal - con ráfagas arbitrarias y tiroteos, muchachas secuestradas por los guerrilleros, decapitaciones y atrocidades contra todo aquel que se considera un "colaborador" al final sórdido y aún así cotidiano entre la cotidianidad del país. En ese anticlímax, un soldado es "casi un niño uniformado". Y una granada no explosionada se acomoda como "una flor gris" en la hierba. De ahí deriva la pertenencia de esta historia al despreciado y viejo anaquel de la novela de La Violencia en Colombia, pero, como es evidente, con un cariz distinto, ya que lo local, sin duda, adquiere un matiz universal por la forma como los principales temas se abordan y se metaforiza y simboliza la realidad común a los países en conflicto.
Este no fue el primer intento de Rosero de captar la guerra en una novela. "Había intentado aproximaciones abstractas, casi del mundo del surrealismo, de los sueños. Entonces se me ocurrió que, sin ser polémico o político, uno puede acercarse a temas tan espinosos por medio de la investigación, como el periodista investigador - que es lo que soy."

Rosero se sirvió de las noticias, escuchó disimuladamente a la gente hablar en bares y autobuses, y se entrevistó con algunos de los aproximadamente 3.8 millones de desplazados del campo que hincharon los barrios subnormales de las principales ciudades del país y fundaron nuevas chabolas urbanas —la población desplazada internamente más grande después de la de Sudán. La mayoría de las personas con las que habló estaban en Bogotá y Calí (donde su madre vive). "No hay ninguna familia en Colombia que no haya sido afectada, " dice el escritor, agregando que incluso amigos suyos han tenido parientes secuestrados o han quedado presos en el tiroteo.

Mientras otros novelistas colombianos se han propuesto pintar con todos los colores al narco-tráfico urbano o temas históricos lejanos a una realidad que sin duda los ha superado en su anemia, Rosero se cree el primero en retratar la guerra rural de hoy, y no es por menos. Sus objetivos eran abordar " un mar de indiferencia ", para esperar que "la otra gente, incluyendo la que está en el extranjero, entienda algún día lo que debe haber sido vivir en esta clase de violencia".

Hasta hace aproximadamente 15 años, "esto solía ser una guerra entre los grupos armados. Lo nuevo son los secuestros y las matanzas en masa de civiles desarmados." Rosero atribuye esta fase "a la subida al poder de los paramilitares, que incrementó el conflicto entero". Estos ejércitos privados, que comenzaron como fuerzas de autodefensa contra los guerrilleros, son etiquetados en Colombia irresponsablemente como de "derechas" e "izquierdas" - aunque se financian en parte y parte gracias al secuestro y al tráfico de drogas. Para Rosero, "ningún bando tiene ideología alguna, pero lo cierto es que los paramilitares están detrás de las peores atrocidades."

Como novelista, Rosero "no podía tomar partido", pero usó el arte "como testigo" (un tema apasionante en la literatura, que me recuerda las obras de Nadine Gordimer, Imre Kertész, Nuruddin Farah, Li Rui y hasta Gao Xingjian). Los ejércitos se confunden cada vez más en una sola fuerza, un "ellos". Esto se refuerza en la idea de que los extremos, por más contrarios que sean, terminan al final uniéndose; es lo que pasa con las dictaduras que se llaman “capitalistas” y “socialistas”, que convergen, pues, en la misma figura dictatorial. Como Ismael dice, quienquiera a quien ellos pertenezcan, se trata siempre de las mismas manos. Los hechos en cualquier caso son impugnados. En la novela, el presidente afirma que “ni aquí ni en otra parte en el país hay una guerra." Cosas parecidas se decían en Chile de Pinochet y se escuchan en Venezuela hoy.

Como Ismael grita al sopesar las historias que son como las de un padre paralítico y los hijos que él siente que lo abandonan, "A quién creer? "; esto, en parte, también proyecta el desgaste de los partidos políticos, por reflejo de la larga guerra, anticipa ya, en otra lectura, la necesidad del "mesías". Así, Ismael, al perder su memoria, metaforiza a un país olvidándose de sí y de sus valores. Para Rosero, "él [Ismael] todavía recuerda un tiempo que se ha extinguido, de respeto de paz, amor mutuo - de mujeres - que hace parte de la identidad de Colombia.” Se trata del choque de una persona mayor que de repente ante los hechos que escapan su entendimiento se horroriza por el mundo que una generación nueva está creando a su alrededor. Uno de los aspectos más interesantes, quizás, es el del personaje-testigo, en la difícil teoría del testimonio literario aplicado a Colombia, del que, sin duda, Rosero se convierte en su precursor.

El verdadero ejército es satirizado. En la novela, el capitán Berrío emprende a tiros contra la muchedumbre indefensa, "¡Guerrilleros, ustedes son todos guerrilleros!" se le escucha decir. El general Palacios, por su parte, evacúa los animales del zoo en un helicóptero, mientras abajo la gente muere indignamente. "Es todo real, tomado de los periódicos; nada de esto es de mi imaginación," afirma Rosero. La guerra ha cosificado la humanidad de una parte del país invisible, compuesto de pobres, desplazados y muertos. Más alla del conflicto, hay una tragedia social/moral muy profunda en el país.

Mientras el gobierno persiste en derrotar a los grupos guerrilleros (las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) y el más pequeño ELN) y se ufana de haber desmovilizado a los paramilitares con una ley de amnistía, Rosero explica que "la impunidad es en Colombia el pan de cada día. No hay ninguna corresponsalía y consistencia en el castigo del culpable. Los paramilitares han infiltrado el sistema político y judicial – que son putrefactos." Sobre los niveles de violencia en el campo, lo cierto es que, como dice el escritor, "nada ha cambiado."

Lo que sí ha cambiado, para el autor, es "como la gente se ha unido más allá de los bandos y las ideologías para oponerse a la guerra," como lo ha demostrado la solidaridad reciente de marchas y grupos a favor de la paz. “Siempre hay una respuesta dondequiera que escala un conflicto," dice. “Los civiles solo quieren que se les deje vivir en paz.” Que es un derecho humano básico, por cierto.

La apreciación del jurado del Independent

Se trata de una novela en la que un profesor jubilado de un pueblo tranquilo de Colombia, espías a sus vecinas. Esto lo lleva haciendo desde joven, y así fue incluso como conoció a su esposa, tras verla levantándose sus pantalones bombachos en los servicios de un terminal de autobuses. No obstante, pese a la decrepitud y el hecho de haber sido maestro (lo que le dio cierto nivel de respeto) no ha dejado de ser, en el fondo, un vulgar mirón.

En un solo día, la ciudad queda en ruinas cuando se cruza en el camino de la guerra: guerrilleros, paramilitares y las fuerzas del Estado descienden sobre la gente para secuestrar, asesinar y destruirlo todo en actos viles.

El profesor jubilado vuelve de hacer una visita a un amigo en las afueras para entender que su esposa no está en casa, que ha desaparecido en la catástrofe. Va de vecino en vecino (los que todavía quedan) preguntando pero nadie sabe de ella. Hacia el final del día, ha desaparecido. Su nombre no está entre aquellos a cuyos familiares exigen enormes rescates, pero figura en las estadísticas oficiales del conteo de cuerpos.
Dos años más tarde, los hombres armados regresan a las ruinas deshabitadas y el profesor jubilado decide enfrentar la tragedia, en nombre de la humanidad.

“De 126 novelas ya publicadas enviadas al premio, “Los Ejércitos” era siempre mi opción ganadora este año”, dijo Linda Grant, presidente del jurado. “Se trata de una obra que se eleva sin esfuerzo por encima de la novela contemporánea política ya que no contiene ni lecciones de historia o manifiestos moralizantes. El personaje central tampoco es un intachable inocente y los acontecimientos podrían ocurrir en Sri Lanka, Kosovo, la franja de Gaza o en el Congo.”

La guerra y la violencia devoran a la gente viva. La guerra es el horror y la locura. Devora incluso las causas mismas que la engendró. Al ciudadano común, anónimo y olvidado, no le importa de quien proviene la bala que se le dispara. Al final, más que banderas, son balas asesinas.

Evelio Rosero ha bañado su pluma en la sangre de Colombia para escribir una epopeya de poco más de 200 páginas. Si alguien se ha preguntado si hay vida en la novela colombiana después del realismo mágico, esto es prueba del poder extraordinario de una literatura del testimonio parcialmente huérfana que aún espera a sus escritores.

La novela vista desde la infancia

La infancia parece ser un tema que la literatura contemporánea ha recuperado. Aquella época en la que para muchos está situada la felicidad, para los personajes de tres novelas recientes es el encuentro con la tristeza del mundo de los adultos.

El lugar común pregona que la infancia y la adolescencia son las épocas más felices. Como si ese espacio fuera el país de jauja, allí se vive —insiste el lugar común— lejos de toda preocupación, ajeno a cualquier incertidumbre, libre de cualquier estrechez. Sin embargo, algunos novelistas se empeñan en mostrar que no es así; que, al contrario, puede ser uno de los períodos más desesperantemente tristes y solitarios. Como si la frase inicial de Paul Nizan en Aden Arabia: “Yo tuve veinte años. No permitiré a nadie decir que esa es la edad más hermosa de la vida”, cubriera todo el período comprendido entre el nacimiento y la edad adulta. Varias novelas en los últimos años abordan esa perspectiva y todas ellas han alcanzado cierta notoriedad. Hay en ellas una visión devastadora de la infancia y la adolescencia, un mundo o una época desgarrada. Una especie de tierra de nadie en donde la infancia ha sido corrompida debido a las situaciones generadas por los adultos que lo han echado todo a perder. Tres aparecieron en sus idiomas originales en el 2006, las tres se encuentran traducidas al español y su publicación ha constituido, al igual que en otros idiomas, un acontecimiento literario. Solo en el mundo, primera novela del escritor nacido en Nueva York, de origen libio, Hisham Matar y El niño con el pijama a rayas, del autor irlandés John Boyne, aparecieron en febrero de 2007.

La tercera, Cómo el soldado repara el gramófono, del escritor bosnio (bosnio por su padre, serbio por su madre) Saša Stanišicc, también es su primera novela, y los lectores le han brindado una calurosa acogida. Bruno, el niño que tiene al otro lado de la alambrada un amigo llamado Shmuel y que “usa” un pijama a rayas, apenas ha cumplido nueve años; la misma edad de Solimán (o Sluma, como lo llama su madre) en la Libia que Gaddafi gobierna con mano déspota. A su vez, Aleksandar, el chico nacido en Visegrado (hoy ciudad de Bosnia-Herzegovina) es un poco mayor, ha cumplido doce cuando tiene que huir de su tierra, de su ciudad, de su entrañable Yugoslavia, a punto de convertirse en seis países distintos. Estos son los protagonistas de tres historias que tienen un común denominador: son relatos conmovedores, contados con un dramatismo contenido y severo, sin aspavientos sentimentales ni alharacas técnicas. Aquí no hay glamour a la caza del lector impresionable propenso a la lágrima fácil, ni exhibicionismo literario para asombrar incautos. Y eso obedece a que son historias honestas y, por tanto, no requieren de trucos para atrapar la atención del lector. Tres relatos en donde el dolor, la decepción, la frustración, la pregunta sin respuesta, la duda, la identidad, el perdón, la intolerancia, el abuso, la traición y la incertidumbre son la moneda de todos los días. Y los niños, en la medida en que crecen, en la medida en que se preguntan e intentan descubrir de qué material están hechos el mundo y los hombres, tienen que aprender a trajinar esos enlodados conceptos.

Pero no son estas novelas, como puede aventurar alguien de forma apresurada, libros que contengan fervorosas denuncias o encendidos alegatos moralistas en pro de la niñez en el mundo. El alegato, la discusión, el diálogo, están en la conciencia de cada uno de los personajes, en particular de los protagonistas. Son, pues, debates consigo mismos, preguntas sin respuesta que los obligan a una asunción de responsabilidades y normas y gestos y actitudes —sin tener a veces conciencia plena de lo que hacen— que los colocan frente a situaciones límite en donde, en la mayoría de las ocasiones, la pérdida de un ser querido o la muerte de ellos mismos es el único fin posible. Y comprenden entonces que si bien hay que temer a la muerte, también hay que ser capaz incluso de cantar bajo la amenaza de su espada. Como lo hizo Sherezade durante muchas noches, a sabiendas de que cada una de esas noches podía ser la última. Mientras observa cómo su madre es consumida por el alcohol y su padre desaparece una temporada en las mazmorras del régimen, Solimán se pregunta de dónde sacaba Sherezade el valor para contar. La misma pregunta que deben hacerse todos los lectores: ¿de dónde sacan el valor estos chicos para afrontar un campo de concentración como Auschwitz, un régimen dictatorial y represivo como el de Gaddafi, que transmite por la televisión las ejecuciones en la horca de sus enemigos políticos, o una guerra fratricida como la que destrozó física y moralmente los Balcanes? ¿De dónde salen la fuerza, el valor y el coraje de estos niños? Una buena parte de esa fuerza surge del desconocimiento de las circunstancias y las implicaciones que provocarán sus actitudes en el odioso y mezquino tejido urdido por los adultos.

De ahí que no sean calculadores ni taimados, su fuerza está más en la incertidumbre que en la esperanza. La esperanza, como dice uno de ellos, no es un invento de Dios sino de la literatura. Otra importante porción de esa dosis de coraje proviene de la imaginación, la imaginación desbordada del chico que cree que con ella puede cambiar el mundo, que nadie puede derrotar la magia y la fantasía, que la realidad es apenas el punto de apoyo para disparar la imaginación. Y, por último, de la enseñanza de alguien —mayor casi siempre— que observa con escepticismo y desdén el estado actual de cosas; que no convoca al desorden pero tampoco se acoge a las normas impuestas por los políticos o los militares; que ha alcanzado el suficiente grado de desprendimiento frente al mundo y de ascendencia sobre la comunidad, de suerte que sus opiniones son más importantes que las leyes escritas; de alguien que comprende que primero está el sentido de pertenencia y de solidaridad, antes que cualquier otro tipo de consideración. Y, en medio de ese devenir incierto, Solimán se pregunta si él y sus amigos de infancia, serán capaces de crecer, de hacerse hombres, sin parecerse a sus padres; y Aleksandar descubre que le falta “todo lo que se necesita para contar mi historia como uno de nosotros: la valentía del Drina; la voz del halcón; el lomo de nuestras montañas duro como la roca; el talante impertérrito de Morsa y el entusiasmo de quien añora la verdad”. Bruno, por su parte, no alcanza a hacerse la pregunta. Empeñado en ayudar a su amigo Schmuel que no encuentra a su padre en el más siniestro de los campos de concentración alemanes, camina cogido de la mano de su amigo sin percatarse de que el destino final, el término de su desazón está ahí enfrente, a unos pocos pasos de él. Los tres pueden en un momento de sus trayectorias pensar como Solimán, que de haber sabido lo que les iba a ocurrir habría tomado como la opción más acertada “escapar mar adentro”. Otra historia, tan conmovedora y dramática como las de ellos tres, es la de Michael Berg, el lector de la novela homónima del escritor alemán Bernhard Schlink. Publicada en 1997, El lector también es la historia de un muchacho de quince años, en los tiempos de la posguerra, seducido por una mujer mayor que él, a quien unos años más tarde juzgarán por sus crímenes en un campo de concentración. Un muchacho que se enfrenta a un problema de honor, no de ideologías; de dignidad, no de credos, del paradigma entre la comprensión y la condena.

Al final, Michael comprende la necesidad de “inventarse” una historia para poder, después de todo, vivir consigo mismo. Pero es Pelo de zanahoria, publicada por primera vez en 1894 y reeditada recientemente, la que alcanza una cota todavía insuperable. Han trascurrido 115 años y hoy todavía se discute si es prudente que los adolescentes lean este libro de Jules Renard que alcanzó la posteridad tan pronto como hizo su aparición. Aquí no hay guerras, no hay marchas al exilio, no hay pérdidas de seres queridos, aquí se trata apenas de una familia compuesta por una madre, un padre y tres hermanos, de los cuales ‘Pelo de zanahoria’ es el menor. Aquí se trata de las arbitrariedades e injusticias de una familia en confabulación con una sociedad indiferente a la suerte de los pequeños. En la paz tienen lugar las escaramuzas familiares, tan devastadoras como cualquier guerra. Un breve diálogo, uno de los pocos que el padre sostiene con su hijo, revela en toda su magnitud el sombrío escenario por el que deambula agobiado ‘Pelo de zanahoria’: —Piensas con los pies. ¿Ves claro en el fondo de los corazones? ¿Eres ya capaz de comprenderlo todo? —Todo lo que se refiere a mí, sí, papá; al menos lo intento. —Entonces, hijo mío, renuncia a la felicidad. Te advierto que nunca serás más feliz que ahora. ¡Nunca, nunca! —¡Vaya futuro! —Resígnate, blíndate, hasta que una vez que seas mayor y dueño de ti mismo puedas emanciparte, renegar de nosotros y cambiar de familia, ya que no de carácter y de humor. Hasta entonces, intenta superarte, ahoga tu sensibilidad… Un humor negro que opera como muro de contención ante tanta adversidad, es otro ingrediente decisivo —junto a la entereza y el valor— en la contienda que libran estos personajes. Un humor negro y una fina ironía le permiten a ‘Pelo de zanahoria’ y a Aleksandar sostenerse en sus propósitos, sortear los escollos que se presentan a diario en sus vidas cercadas por el infortunio. Cinco relatos tremendamente humanos de muchachos a quienes les queda muy difícil comprender los ocultos móviles que arrastran los adultos. Cinco talantes dignos de admiración, ricos en su interioridad, que dejan muy atrás esos estereotipos de algunas novelas de actualidad que revelan una anemia espiritual crónica.

Ana María Moix, quien tuvo a su cargo la traducción y el prólogo de la novela de Renard, comentó en las páginas iniciales que lo único lamentable era que el autor hubiera sido incapaz de preguntarse “no tanto por qué aquella mujer (en este caso la propia madre del autor, pues Renard transcribió en la novela buena parte de su tragedia) era tan odiosa, sino por qué era tan infeliz”. Interrogante que tal vez podrían formularse los cinco personajes de estas novelas: ¿por qué los adultos son tan infelices? Pero esta es una pregunta para responder quién sabe por quién y, claro está, en otra ocasión.

El fenómeno de Stieg Larsson

Sin campañas publicitarias ni giras de autor, la trilogía que un periodista sueco escribió casi a escondidas, y que fue publicada después de su muerte, ha vendido tres millones de ejemplares en su país (¡que solo tiene 9 millones de habitantes!) y arrasa en las librerías del resto de Europa.



A LOS CINCUENTA años y tres meses de edad, Stieg Larsson se desplomó mientras entraba a la redacción de la revista Expo y murió minutos después. Listos para enviar a la imprenta estaban los tres primeros volúmenes de su serie Millenium. Apenas algunas semanas después de su funeral, los lectores suecos descubrieron Los hombres que odiaban a las mujeres, la primera de las novelas, y a su protagonista, Lisbeth Salander, pero los reporteros se enteraron que Larsson ya nunca estaría disponible para hablar de ella. Entonces recurrieron a los amigos. Uno de ellos, el periodista Mikael Ekman, sugiere que además de Pippi Långstrump, el personaje de los libros de Astrid Lindgren que tanto gustaban a Larsson, Lisbeth Salander tuvo una inspiración real. A falta de más detalles, fanáticos y periodistas han estado dándole vueltas desde entonces a la posible identidad de la protagonista de la trilogía. Como el look Salander ha comenzado a volverse popular, lo que resulta lógico con los lectores jóvenes que se han enganchado a la serie y lo atrayente que resulta el personaje, y la modelo debe haber cambiado con el tiempo, cada vez será más difícil hallar a quien debió ser una mujer apenas pasados los veinte y apenas pasado el metro cincuenta, anoréxicamente juvenil, con varios tatuajes visibles y ropa más bien goth llevada con descuido más bien grunge. Si la propia Salander tuviera que hacer la búsqueda, empezaría por google.

Asistida por su banda de freaks, la que puede ser la hacker más eficiente de Suecia se gana la vida como freelance para una agente de investigaciones que oculta a sus clientes que su arma secreta es una chica que anda por Estocolmo en una motocicleta, y al final de las fiestas en bares pobres suele terminar en la cama con algún amigo o amiga. A Salander, fumadora y medianamente alcohólica, le basta un computador portátil para saquear la información de quien sea necesario y como su agencia trabaja en los límites entre la mafia y el mundo empresarial, ha sido testigo de asuntos turbios; pero ninguno ha estado a la altura de los que tendrá que ver cuando su jefe le encargue un informe sobre la vida del periodista Mikael Blomkvist Para Blomkvist, el segundo héroe de la trilogía, hay un modelo real más claro. Aunque heredó su apellido de otro personaje de Lindgren, comparte profesión con un cierto Steig Larsson y los dos están al frente de publicaciones que tratan las fibras oscuras del corazón de Suecia. Blomkvist dirige Millenium, una revista dedicada a desenmascarar escándalos financieros; Larsson fue parte de los fundadores de Expo, un mensual dedicado a “denunciar las manifestaciones ordinarias del fascismo en Suecia”.

A Blomkvist sus denuncias lo llevaron a los tribunales y lo obligaron a renunciar a su cargo para no perjudicar la imagen de la revista. Ese es el inicio de Los hombres que no amaban a la mujeres, que este mes llega a las librerías colombianas. A Larsson sus investigaciones le valieron amenazas de muerte constantes. Como no se permitía tomárselas en serio, hablaba de las novelas que estaba escribiendo como “seguro para la vejez”. Como se permitía tomárselas en serio, Larsson y su compañera Eva Gabrielsson nunca se casaron. El hecho de que vivieran juntos durante 32 años sin figurar como pareja en ningún documento oficial era una manera de protegerla. Se habían conocido en una manifestación contra la guerra de Vietnam, lo que no está mal como comienzo para un cuento de hippies. Tenían 18 años y Larsson era miembro del Partido Socialista de Umea, la capital de la provincia de Västerbottens donde había nacido en 1954. A comienzos de los 80 los dos se mudarían a Estocolmo; Eva buscaría trabajo como arquitecta y Larsson entraría al departamento de diseño de Tidningarnas Telegrambyrå, TT para los amigos, la agencia de noticias más grande de Suecia. El periodista comprometido que escribía novelas policíacas Larsson permaneció más de diez años rotando por todos los departamentos de la TT, fue reportero en África, cubrió la guerra de Eritrea y presidió la Asociación Escandinava de Ciencia Ficción; pero antes de su suceso literario, era conocido en Suecia sobre todo por su activismo en contra de los organizaciones neofascistas, un papel que desempeñó primero como corresponsal de la revista inglesa Searchlight y luego frente a la Fundación Expo. Sus cinco libros publicados en vida, todos en coautoría, se ocupan del tema y en particular del poder que los miembros de dichos movimientos mantenían dentro del establecimiento sueco.

Graeme Atkinson, editor europeo de Searchlight, diría en una columna en homenaje a Larsson que “su conocimiento de la derecha sueca y europea era enciclopédico”. Solo su círculo más cercano sabía que, además de sus ensayos y reportajes, utilizaba ese conocimiento para trabajar en una serie de novelas que en principio podrían llamarse policíacas. El relato de lo que sucede cuando Blomkvist para ganar dinero y tal vez revertir el fallo en su contra, acepta poner su talento de periodismo de investigación al servicio de un anciano millonario que ha pasado 40 años tratando de descubrir quién pudo asesinar a una de sus nietas, comienza como un thriller, pero lo que resulta es un examen a profundidad, y forzosamente oscuro, de la sociedad sueca con mafias que controlan la democracia, ciudadanos obsesionados por la informática, nuevas-viejas maneras de ver el sexo y las relaciones de pareja y una grieta cada vez más ancha entre el Estocolmo casi del futuro y un resto del país casi del siglo xix.

En una entrevista al semanario izquierdista francés Marianne, Eva, que siguió de cerca las trasnochadas de Larsson y pudo ver su trabajo constante de verificación de datos, confirmaba que las simpatías de ciertas familias suecas con los nazis eran tan reales como las redes de prostitución y la violencia contra las mujeres con las que “súper” Blomkvist se encuentra en lo que había creído era su pequeño proyecto de año sabático. También es real el desprecio de Blomkvist hacia el gremio de los periodistas económicos y su tendencia a glorificar las fortunas emergentes sin entrar en detalles sobre procedimientos, intenciones y consecuencias usualmente turbias. Durante toda su carrera, Larsson no evitó controversias con sus colegas que omitían, por ignorancia o por conveniencia, señalar con nombre propio las organizaciones y familias detrás de las maniobras políticas en Suecia. Esa reputación de periodista de combate explica en parte que el grupo editorial Norstedts tuviera en cuenta de buena gana los tres manuscritos que Larsson les hizo llegar en el primer semestre del 2004. Ahora que una de cada tres personas en Suecia ha leído el libro, los derechos se han negociado en 35 países y la primera versión cinematográfica está en preparación, la editora Eva Gedin, que llegó a ser una amiga cercana de Larsson en el proceso de corrección, ha rectificado la segunda mitad de su opinión inicial en el sentido de que “Los hombres que odian a las mujeres es un libro perfecto, pero creo que el título no va a funcionar”. Los editores ingleses creyeron lo mismo y lo llamaron La chica con un tatuaje de dragón; para Francia y en las ediciones en español, el título fue Los hombres que no aman a las mujeres.

Los siguientes libros de la saga, La chica que jugaba con fuego y El castillo en España que alguien explotó fueron traducidos como La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de corrientes de aire. En la larga correspondencia electrónica que sostuvieron Larsson y Guedin, el autor no solo defiende sus títulos sino explica que el comienzo demasiado lento que preocupaba a la editora era intencional y buscaba llevar a los lectores a comprender los mecanismos internos que movían a los personajes. El autor de culto que llegó a las páginas de los tabloides El plan original de Larsson era que la serie Millenium se extendiera a lo largo de siete episodios más, pero tuvo que detenerse cuando apenas llevaba 200 páginas de la cuarta novela y justo antes de que el primer tomo fuera enviado a la imprenta. Esas 200 páginas son la carta de Eva Mendelsson para recibir una parte de las regalías de Millenium que hasta ahora han sido entregadas al padre de Larsson, con quien el autor se veía en raras ocasiones. De acuerdo con la legislación sueca, solo los matrimonios oficiales son considerados válidos en pleitos de sucesión.

Varias publicaciones europeas sobre chismes de farándula han dedicado páginas a esta disputa, y esto la hace aún más lamentable; pero ese interés parece probar que el gran público se interesa por los autores de best sellers incluso si han escrito literatura de calidad, no firman autógrafos y no aparecen en los programas literarios de la televisión. Esa puede ser la revelación más grande en la historia de Larsson. Nadie fuera de su círculo sabía que llegaba tarde a la sede de Expo porque había pasado la noche tecleando sus libros y aunque recorrió Europa dando conferencias, hablaba de los peligros del giro que el continente daba hacia la derecha, y no de su literatura. Larsson nunca recibió un avance como condición para continuar, no tuvo un agente y no cedió a la tentación de una primera novela corta y fácil que le abriera un mercado. Escribir solo por gusto, o porque sí una trilogía de dos mil páginas fue uno más de los combates que Larsson peleó a lo largo de su vida y lo ganó de lejos aunque un infarto se le atravesara antes de saberlo.

Realidad y Ficción: Auster y Vila-Matas

La autoficción se toma por asalto la novela

Ambos comparten el impulso de convertirse en personajes literarios. En sus novelas con frecuencia transitan sus dobles, porque en ellos cada vez es más fina la línea que separa la realidad de la ficción. Mientras Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) dice que ha sentido “la tentación de convertirse en una obra de arte humana” y en un personaje de ficción, Paul Auster (Nueva Jersey, 1947) dice que cuanto más envejece, más delgada le parece esa línea: “Y creo que ahora cruzo todo el tiempo de un lado al otro. Es algo muy misterioso, un tema muy difícil para que la mente logre siquiera asirlo. Si somos parte del mundo real, cualquier cosa que nos alcance es parte del mundo real. Si puedo imaginar otro mundo dentro de mi cabeza, ¿acaso ese mundo no existe de alguna manera?”. Pues bien, azares o coincidencias, los libros de dos de los autores contemporáneos de culto han aparecido con apenas unos días de diferencia. Dietario voluble es la más reciente receta literaria de Vila-Matas, donde el ingrediente principal es su libreta de notas personal que abarca los últimos tres años (2005-2008). De este modo, continúa con su proyecto literario de ampliar su “autobiografía bajo sospecha”, en busca de establecer la realidad como su espacio idóneo para acomodar lo imaginario, y continuar diluyendo la frontera entre los géneros narrativos. Auster publica Un hombre en la oscuridad que ocupa ya el primer lugar en ventas en España, debido en parte a su progresiva popularidad desde que ganó el Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2006. Más que benévolas han sido las críticas a esta historia que narra la vida de August Brill, un viejo critico literario que se recupera de un accidente y que, como no consigue dormir, inventa historias en la oscuridad.

Escribe entonces un relato sobre un tal Owen Brick, un joven mago que se despierta en un agujero y descubre que es un soldado cuya misión es matar a una persona que escribe historias y no puede dormir. A estos dos pesos pesados de la literatura contemporánea se les va la vida en la literatura y la ficción en la vida, en una época donde “el éxito es el gran riesgo de los escritores actuales”, como precisa el también autobiógrafico Ricardo Piglia. Son robustas máquinas literarias que han escrito sumadas más de medio centenar de obras entre ensayos, cuentos y novelas. Aunque tremendamente prolíficos, conocen momentos de frustración y fatiga. El mismo Auster, tras la publicación de Viajes por el Scriptorium, anunció que su imaginación mostraba notables signos de agotamiento. “Quién sabe, a lo mejor he llegado al final. Quizá ya no haya más novelas de Paul Auster”. Pero hubo más. Y difícilmente —salvo por causas fatales— pararán un día de escribir porque, además, no saben hacer otra cosa. Por eso Enrique Vila-Matas menciona con frecuencia al escritor polaco Witold Gombrowicz, convencido de que “la vida y la obra son una misma cosa” o a Franz Kafka cuando decía a Felice Bauer: “No es que tenga una cierta tendencia a la literatura, es que soy literatura”. Hoy cada uno recuerda a su manera el origen de su obsesión literaria. Auster, con solo ocho años, abordó a una estrella local de béisbol para que le firmara un autógrafo: “No tenía bolígrafo, así que me quedé sin autógrafo. Desde entonces jamás salí de casa sin bolígrafo, y supongo que de alguna forma aquello fue el principio de mi obsesión grafómana. Cuando llevas un bolígrafo en el bolsillo, siempre puede ocurrir que acabes escribiendo”, explica. Un poco en broma, Vila-Matas repite en entrevistas el porqué se convirtió en escritor: “Para que me lean", como respondía brevemente André Gide.

Pero también porque quería ser libre, no deseaba ir a una oficina cada mañana y porque vi a Mastroianni en la Noche de Antonioni; en esa película Mastroianni era escritor y tenía una mujer estupenda —nada menos que Jeanne Moreau—, las dos cosas que yo más anhelaba ser y tener. Casarse con Jeanne Moreau no es fácil, tampoco ser realmente escritor”. Cazadores de coincidencias No es necesario forzar la búsqueda de coincidencias y parentescos literarios. Alguna vez Vila-Matas confesó que nunca dejaba de leer una entrevista a Paul Auster porque el autor norteamericano siempre le brindaba ideas para nuevos libros. Se declara uno de los más antiguos lectores españoles de Auster. “Descubrí el libro El arte del hambre y desde entonces lo leí todo —asegura—. Recuerdo con fascinación al detective de La trilogía de Nueva York. Y las dos veces que he estado en Nueva York he acabado, sin darme cuenta, en Central Park, acordándome sin querer de ese libro”. Precisamente en Nueva York se cruzaron por primera vez cuando el Instituto Cervantes los reunió, en octubre de 2007, para que leyeran fragmentos de sus respectivas obras aprovechando la edición en inglés de El mal de Montano (Premio Herralde de novela y mejor libro extranjero en Francia) y que los dos comparten la misma editorial en Estados Unidos (New Directions) y en España (Anagrama). Allí coincidieron en afirmar la importancia que tiene para ellos incluir otros libros y anécdotas literarias en sus obras y destacaron la soledad que experimenta todo escritor. “Cuanta más experiencia de la soledad tiene uno, más paradójicamente vive la sensación de que esa experiencia no es precisamente de ostracismo o de aislamiento, sino de apertura hacia los demás”, citó más tarde Vila-Matas a su camarada Paul Auster, en un artículo de prensa que tituló “De lo contrario sería Auster” y en el que se cuestionaba por qué no era Paul Auster. “Indignó a los lectores mexicanos de la revista Letras libres, porque dijeron que ya sabían que yo no era él’, declaró después el catalán. Como si buscaran con ello reafirmar su afinidad asistieron al evento vestidos casi idénticamente. Llevaban uno y otro traje negro, con sus ojos de pronunciadas órbitas y sombría apariencia de poetas malditos. Los dos convergen también en su vacilante relación con Nueva York y Barcelona, escenarios privilegiados de sus libros. Paul Auster describe a Nueva York “como un espacio inagotable, un laberinto de interminables pasos”. Y el autor catalán ha dicho que el turismo ha convertido a a Barcelona “en un parque temático y no pienso tardar mucho en irme de ella para empezar una nueva y mejor vida. Me gustaría marcharme a Nueva York, que es la ciudad que está anotada en primer lugar de mi lista mental”.

Lo más reciente de Joyce Carol Oates

Prolífica hasta la enfermedad, la escritora norteamericana es una de las voces más poderosas de la narrativa anglosajona contemporánea. Su último libro traducido: la dura existencia de la hija de un asesino.

Ha sido una famosa estrella del cine norteamericano, un asesino y un senador. También ha sido un abogado, un fanático religioso y una niña de 16 años. De hecho, con cerca de 1.000 cuentos cortos y más de 100 libros, la novelista norteamericana Joyce Carol Oates debe haberse transformado en al menos 10.000 personajes—los suficientes para poblar una pequeña ciudad. Pero la fecundidad de su imaginación es casi irrelevante. Lo que convierte a Oates, nacida en una esquina rural del norte del estado de Nueva York en 1938, en una presencia tan asombrosa de la literatura mundial es su compromiso perpetuo y agudo con las raíces y las consecuencias de la violencia norteamericana.

Ya sea en el sarcófago acuático de Black Water, su novela sobre el accidente en Chappaquiddick que le costó la vida a Mary Jo Kopechne y la presidencia a Ted Kennedy, o en Blonde, una popular novela sobre Marilyn Monroe, Oates ve a los Estados Unidos —particularmente la vida de las mujeres norteamericanas— a través de un lente oscuro y terrorífico. Sin embargo, en La hija del sepulturero, la escritora ha dado un giro. Ahora el material es personal.

Hace más de una década empezó a escribir sobre la vida de alguien real, una persona muy cercana a sus afectos: su abuela. Fui a visitar a Oates a su casa, una espaciosa vivienda modernista incrustada en un frondoso jardín a las afueras de Princeton, Nueva Jersey. Y de inmediato empezamos a hablar de La hija del sepulturero. “Mi abuela vivió episodios muy similares a los de Rebecca y su padre, —dijo refiriéndose a la heroína de la novela en la que se cuenta la historia de una mujer que escapa cuando su padre mata al resto de su familia—. De hecho, mi bisabuelo era sepulturero. Aunque no mató a su esposa —dice Oates sin pestañear—. La hirió y tuvo que ser hospitalizada. Pero sí amenazó a su hija, y sí se suicidó con una escopeta. Eso sí pasó”.

En el libro, Rebecca termina en los brazos de un esposo alcohólico, huye cuando él se torna abusivo, y se transforma en Hazel Jones. Así continua su vida con su hijo, improvisando en el camino. Aunque ficticia, la vida de Hazel no es inusual en los Estados Unidos. Más de 4.000 mujeres y niñas son asesinadas anualmente. Los cuerpos de algunas nunca son hallados. El compromiso de Oates con esta carnicería data desde 1966, año en el que publicó Where are You Going, Where Have You Been? [¿Adónde vas y adónde has estado?], un cuento corto clásico sobre una niña de 15 años que se topa con un famoso asesino en serie. Desde entonces, la ficción de Oates se ha expandido a diferentes géneros, desde el romance hasta el terror. También ha explorado y colonizado una gran porción de la historia norteamericana.

Muchos de sus trabajos apuntan al choque entre la decadencia económica y la furia y a la manera como esta intersección ocurre, sobre todo, en las vidas —y sobre los cuerpos— de las mujeres. Las raíces de esta preocupación son a la vez reales e imaginarias. Hija de un empleado de una manufacturera en una zona rural y pobre del estado de Nueva York y educada en un colegio de un solo salón, Oates escapó por el portal de los libros. Alicia en el país de las maravillas y la obra de William Faulkner fueron influencias tempranas que le dieron forma a una mente poderosa e inconfundible. Sus primeras obras de ficción, especialmente el cuarteto Wonderland, se desarrollan en medio de ciudades colapsadas, motines raciales, Vietnam y los amoríos románticos (y a veces letales) de norteamericanos del medio oeste, y son obras realistas de primer orden. Con estas parecía anunciarse la llegada de la gran cronista social de los Estados Unidos.

Pero Oates siguió evolucionando, adoptando una profunda sensibilidad gótica que mezcla la atmósfera febril de Edgar Allan Poe con el rigor estilístico de Cormac McCarthy. Esto último logrado gracias a una dedicación impresionante al oficio de escribir. Oates revisó La hija del sepulturero una docena de veces. “Solo el primer capítulo lo revisé quince veces —dice—. Cuando termino una novela, reescribo el final y el comienzo. Para mí, eso es escribir”. Aunque terminó la novela hace varios años, su editorial norteamericana decidió aplazar el lanzamiento (en Estados Unidos hace un año) en varias ocasiones para publicar obras que consideraba más “controvertidas” como Missing Mom. Mientras tanto, la novela reposó en un armario donde Oates guarda una pila de cajones a prueba de incendios en los que se incuban obras ya terminadas y otros documentos. “En teoría, si la casa se quema, nuestros testamentos sobrevivirán”, dice amargamente, refiriéndose a su esposo ya fallecido, Raymond Smith.

En su obra hay otras historias de transformación, entre ellas Blonde, notable novela finalista al Premio Pulitzer de 2001 en la que relata la vida de Marilyn Monroe. “Norma Jean Baker se transforma en Marilyn Monroe —dice su voz aguda y silenciosa, casi como la voz de la entonces símbolo sexual—, un poco como Rebecca, quien se transforma en Hazel Jones. Y muchas mujeres, de alguna manera, se convierten en Hazel Jones, aunque no siempre se quedan así. Es un poco como un ideal americano”.

Le encanta que su abuela hubiese hecho algo así mucho antes de la era de los cambios radicales. Y como su transformación antecedió por mucho a la moda de la psicoterapia, su abuela nunca habló al respecto. “Guardo una imagen inquebrantable de ella —explica Oates—. Digo, nunca fue la niña cuyo padre casi la asesina y luego se voló la cabeza con una escopeta. Nunca fue esa niña. Tampoco fue la mujer abusada y abandonada por su marido. Nunca hubiera querido desempeñar ese papel”. En otras palabras, la abuela de Oates no jugó el rol de la víctima, un rol que, según Oates, los norteamericanos de hoy en día sobreactúan en detrimento propio.
Al escribir sobre la época de su abuela, aprendió a valorar las dificultades y rigores que sus ancestros, hombres y mujeres, habrían sentido. “Las personas que llegaron a América en 1890 y se instalaron en el campo eran pioneras —dice—. Vivían en circunstancias muy primitivas, claro, no había acueducto ni electricidad. Entonces, puedes imaginar dónde vivían, en una cabaña de piedra en un cementerio”. Como el padre y la madre de Rebecca, los bisabuelos de Oates inmigraron a los Estados Unidos —alrededor de 1890, no en 1936, como en la novela— y cambiaron su nombre (de Morgenstern a Morningstar). “Supongo que era muy común —dice—. Dejaron atrás por completo su pasado judío, a raíz de no sé qué trauma o qué desastre o terror o experiencia en Europa que apenas puedo imaginar. Nunca nos enteramos de esto, y yo no sabía que mi abuela y sus padres eran judíos. De eso nunca se habló”.

Sentados en su sala, rodeados de la obra de Edmund White y Toni Morrison, sus colegas de Princeton, además de libros de William Faulkner, Herman Melville y Nathanael Hawthorne, esta historia se posa sobre nosotros silenciosamente, cargada de significado. Oates habla casi como un cuáquero, haciendo largas pausas, luego retomando la conversación. Continua su historia diciendo que su abuela conoció a un tipo llamado Oates. “Los abandonó, a ella y a su pequeño hijo, que era mi papá”. Es un poco surrealista escucharla hablar sobre estos asuntos, no porque sean revelaciones personales, sino porque sus novelas más famosas —Them [Ellos] y Because It Is Bitter, and Because It Is My Heart [Porque es amargo y porque es mi corazón], así como sus ensayos más agudos— se han convertido en la abreviatura cultural de la conciencia femenina.

En otras palabras, ella ha ayudado a crear un mundo que sería perfectamente irreconocible para su abuela, ni hablar de la heroína basada en su vida. “En la novela hay muchos juegos de naipes —dice—. Debes jugar con las cartas que te dan; tienes solo un número limitado de cartas con las cuales debes arreglártelas cuidadosamente, y la gente que decide hacer el papel de la víctima, creo que quizás está cometiendo un error”. Oates da un ejemplo de La hija del sepulturero, cuando Rebecca conoce a un atractivo hombre: “¿Acaso ella siente lo mismo que sintió por Niles [su primer esposo]? No, nunca sentirá eso de nuevo. Pero es un hombre maravilloso. ¿Debe hablarle de su pasado?”. Por la mirada de sus ojos, parece que Oates cree que esa es una concesión que una mujer debe hacer.

La fórmula secreta del éxito

El siguiente artículo apareció en Babelia el 2 de septiembre de 2006, escrito por Winston Manrique Sabogal. Sin duda, las tendencias se mantienen. La novela negra con tonos de ocultismo y religión, mezclada con símbolos y aventura sigue vigente. Como opina en el texto David Trías, "estas novelas guardan, también, una crítica al elitismo literario que ha pecado de cierta soberbia".

Con más de once millones de libros vendidos, cinco españoles entran en el club del best seller mundial. Son Matilde Asensi, Carlos Ruiz Zafón, Julia Navarro, Javier Sierra e Ildefonso Falcones. Ellos, sus agentes literarios y sus editores dan las razones de este éxito global. España se revela como fuente de creación de novelas que son superventas resumidas en el thriller histórico-misterioso-cultural.

Escondido entre las brumas que envuelven la historia del cristianismo, bajo el rastro de culturas perdidas en varios rincones de la Tierra y a la sombra de la posguerra española en compañía de la lectura aguardaba el secreto. El de la alquimia del éxito literario mundial de llegar al gran público que tanto ha esquivado a los escritores españoles.

Cinco de ellos han descubierto este secreto basado en la hibridación de géneros. Protagonizan un capítulo inédito en la historia de las letras españolas: conquistan imparables el mercado editorial internacional en más de cuarenta países, de una veintena de idiomas, y sus libros están en las listas de los más vendidos. Es la explosión global del best seller español protagonizada por Matilde Asensi, con El último catón, Iacobus o El origen perdido; Carlos Ruiz Zafón, con La sombra del viento; Julia Navarro, con La Hermandad de la Sábana Santa y La Biblia de barro; Javier Sierra, con La cena secreta, e Ildefonso Falcones, con La catedral del mar.
Ése es el orden en que han ido entrando al reducido club de los superventas junto a Ken Follet, John Grisham, Stephen King, Michael Crichton, Tom Clancy o Dan Brown.

Pero en menos de tres años los cinco novelistas españoles ya han batido marcas: han vendido más de once millones de ejemplares en todo el mundo, llegando incluso a China, Australia o Groenlandia. Es la respuesta española a una clase de novela universal que muestra la globalización del gusto literario, que va de los misterios de la religión a los misterios de la vida y del mundo. Además de que algunas serán llevadas al cine.

Autores y novelas unidos por tres palabras distintas: historia-misterio-cultura, y un solo objetivo verdadero: vocación internacional. Ésa es la parte visible de una ecuación que ha reinventado una parte de la literatura influenciada, cada vez más, por las técnicas narrativas del cine y que encierra en sí misma más secretos.

Preámbulo

Es la primera vez que en el mercado extranjero coincide un grupo de novelistas españoles tan potente comercialmente. Para ir tras el rastro de este triunfo señalado por los lectores hay que ir a la década pasada. Allí está el precedente de este fenómeno literario con nombre propio: Arturo Pérez-Reverte, que empezó a despejar esta nueva ruta, según reconocen escritores, agentes y editores.
Las obras de este periodista, narrador y académico siempre han gozado del aprecio de los lectores españoles e internacionales hasta lograr el reconocimiento de la crítica. Un autor que como lector y escritor ha rendido tributo y reivindicado el género de aventuras conectado con una tradición literaria que junto a las peripecias narradas mezcla datos culturales a ritmo de thriller, sustentado en una investigación seria. Pérez-Reverte ha publicado 17 libros, incluidos los cinco de la serie de El Capitán Alatriste (todos en Alfaguara), de los que lleva vendidos unos siete millones. Un éxito amplificado con varias adaptaciones cinematográficas de obras como El Club Dumas, de Roman Polanski, y la recién estrenada versión de Alatriste a cargo de Agustín Díaz Yanes.

Claves del éxito

La pista esencial para que los editores extranjeros empezaran a convertir a cinco autores españoles en los más internacionales del momento está en las cifras de venta nacionales. Todo empieza en 2001. La primera pista la da Matilde Asensi con El último catón (Plaza & Janés, pero hoy en Planeta), cuya acogida aumentó poco a poco hasta que en 2004 la onda exitosa de El Códico Da Vinci, de Dan Brown, contribuyó a su impulso definitivo. La pista-campanazo la da Ruiz Zafón con La sombra del viento (Planeta, 2002), que conquistó millares de lectores con el boca a boca hasta traducirse a varios idiomas, lograr en 2004 el premio a la mejor novela extranjera en Francia y aparecer en las listas de los más vendidos en Estados Unidos o Alemania. Ya en medio del fenómeno Da Vinci aparece la pista-sorpresa: La Hermandad de la Sábana Santa (Plaza & Janés), de Julia Navarro, a la que siguió en 2005 La cena secreta (Plaza & Janés), de Javier Sierra, y esta primavera, la quinta pista asombrosa: la irrupción de Ildefonso Falcones y La catedral del mar (Plaza & Janés), que en sólo cinco meses ha vendido en España 700.000 ejemplares.

Obras heterogéneas cuya alquimia exitosa es una combinación de los siguientes elementos clásicos: thriller histórico o religioso, aventuras e intrigas suscitadas por la búsqueda de algún enigma en cuya travesía el lector recibe una pátina de cultura sobre arte, literatura, historia, geografía, política o costumbres sociales, y una promesa ofrecida desde el principio: el encuentro con una verdad insospechada o el desenmascaramiento de una legendaria verdad impostada. Todo ello fiel a un lenguaje claro, sencillo y directo.

Los cinco autores españoles son los primeros sorprendidos por esta acogida. "La fórmula del éxito es un misterio equiparable a la piedra filosofal o al Santo Grial; no puede medirse, pensarse ni reproducirse a voluntad", advierte Javier Sierra, cuya novela, traducida al inglés por el escritor Alberto Manguel, acaba de tener un gran desembarco en Estados Unidos, donde ha permanecido varias semanas en la lista de los más vendidos de The New York Times.

Para sus autores, la clave de estas novelas no encierra más secretos ni misterios que ser el libro que ellos querrían leer. "Mi ambición", ha dicho Falcones, "es escribir novelas entretenidas que atrapen al lector, como las que me gustan a mí". Lo que Navarro resume como "la novela que me apetecía hacer". Y que Asensi amplía al decir que ella no escribe pensando en los lectores, sino en lo que le gusta, en lo que le atrae y con lo que disfruta de verdad. Para luego dar una pista más clarificadora: "Soy una persona muy normal", lo cual facilita que su gusto coincida con el de muchos lectores.

Reinvención de un género

Descubrir, conocer y aprender son los beneficios y bondades que suman estos nuevos best sellers al ya sabido entretenimiento. "Sin duda", reconoce Sandra Bruna, agente de Falcones, "El Código Da Vinci ha abierto una línea de lectores que se ha ido enganchando a historias con trasfondo histórico-religioso, especialmente, y que los autores españoles empiezan a hacerlas suyas al asumir miradas originales o abordar temas autóctonos, más nuestros". Es el caso de las novelas de Falcones y Ruiz Zafón, que tienen como escenario Barcelona. Para Bruna, la gran clave del despertar de estos nuevos lectores está en la incorporación potente del misterio dentro de la narración histórica.

Desvelado este hallazgo, David Trías, editor de Random House, grupo al que pertenece Plaza & Janés, da con otro que ayudaría a comprender más esta gran acogida: "Los lectores buscan lecturas acordes a los tiempos que corren: rápidas, ágiles, divertidas y donde aprendan". Una trampa al tiempo al encontrar múltiples beneficios con un mínimo de acción.

Y ante estos lazos que conectan a millones de lectores en diferentes países Javier Sierra aporta otro: "La sensación de estar ante una revelación, una trama que abandona el mundo gris, muchas veces depresivo, que rodea a cierta clase de literatura". Un interés que empezó por los temas religiosos que con una lectura actual son eficaces narrativamente. Según el filósofo Juan José Tamayo, "interesan porque la Iglesia los ha vetado por mor de una ortodoxia que ha eliminado temas que no cazan con la doctrina oficial y ante ese escamoteo la gente se revela, quiere saber".

Es el micromundo, microsistema literario donde no hay época, ni persona, ni tema, ni misterio, ni región excluida ante el resquebrajamiento de verdades. Ahora lectores y autores tienen menos prejuicios por estos libros. Ya nadie teme decir que quiere llegar al gran público y vender. Por eso no entienden por qué la crítica española sigue dando la espalda a los lectores y mirando estos libros con desdén. Recuerdan que muchas de las grandes obras de la literatura surgieron de libros populares y de momentos creativos como esos.

Respuesta a un pecado

Con aplauso de crítica o no, son miles de páginas triunfales que también son una señal y guardan una revelación: una crítica al elitismo literario. "Surgen de un cansancio de los lectores frente a novelas sesudas y densas, y al agotamiento del tema introspectivo y que urde en la condición humana", afirma Trías. "Ha habido", añade, "una literatura muy exigente que ha pecado de cierta soberbia y eso ha ahuyentado a cierto tipo de lectores que han acabado buscando otras cosas".

"A mí un libro me invita a soñar, a ver con una óptica distinta algo que creía una verdad inamovible y me invita a pensar, además de entretenerme", dice Sierra. Y aclara que en parte estas obras gustan porque acercan a los lectores al mundo de la cultura sin hacerla plúmbea o inaccesible, y hacen pensar al lector en una dimensión que estaba reservada a las élites intelectuales.

La sociedad cambia, la manera de expresarse cambia, y eso hace que la novela vaya acorde con los tiempos, coinciden Asensi y Navarro.

¿Pero, cómo son las vísperas de la inspiración y el proceso creativo de estas novelas? Matilde Asensi deja entrever su génesis: "Las ideas nacen leyendo, leyendo mucho, leyendo libros muy distintos sobre temas muy diferentes. Luego, se enlazan en mi cabeza sin que yo sepa muy bien cómo. De repente, dos ideas aparentemente inconexas se funden creando algo nuevo. A partir de ahí, voy profundizando en los temas que más despiertan mi atención, que más me deslumbran y me apasionan. Siempre digo que yo invento poco, que la historia me lo da casi todo. En cuanto al tiempo, suelo tardar dos o tres años por libro, de los cuales uno, el último, está dedicado íntegramente a escribir. Pero lo más complicado o difícil es la documentación, la búsqueda de datos, de información concreta".

La ecuación que convierte el libro en superventas, más allá de temas, está en hallar la sintonía entre escritor, editor y lector. Es lo que quieren todos, en especial estos autores que hoy personifican los principales procesos de la creación literaria: Ildefonso Falcones perfila su nueva obra; Javier Sierra investiga sobre el tema a punto de novelar; Julia Navarro está en mitad de la escritura que terminaría en primavera; Carlos Ruiz Zafón, tras cinco años sin editar, está terminando un libro que aunque no es una continuación de La sombra del viento sí estará conectado con algunos de sus temas, y Matilde Asensi se alista para presentar el 19 de septiembre su novela y renovar el diálogo con sus lectores a través de Todo bajo el cielo (Planeta), donde los llevará tras los enigmas que rondan la historia de China y su primer emperador.

Se reinicia, así, el avance y consolidación de un tipo de novela que pertenece a una nueva especie de calambur literario.