Tuve la oportunidad de reseñar en mayo de 2007, y en exclusiva para España, "Los Ejércitos", la gran novela del escritor colombiano Evelio Rosero que había sido galardonada con el prestigioso y muy esquivo Premio Tusquets Editores de Novela 2006, una referencia de calidad literaria indiscutible en el panorama hispanoamericano de las letras. Apenas corría un mes desde su primera edición y ya la editorial en Barcelona había lanzado una segunda edición para cuando terminé la última página. Estaba maravillado, yo, que había perdido ya las ilusiones de que pasara algo "grande" en la literatura de Colombia. Sin embargo, dos años después, mantengo las ideas brevemente allí esbozadas, y, por el contrario, a propósito del reconocimiento que le ha dado uno de los premios más importantes del Reino Unido, continúo aquí ese elogio y recomendación. ~ Max Vergara Poeti
A través de la historia de literatura moderna, desde las ciudades surcadas por cicatrices y los valles devastados de la guerra civil en España, la Francia ocupada y hasta los pueblos de selva de Vietnam y las comarcas tristes de Irlanda del Norte, las guerras sucias a menudo engendraban la clase más pura de ficción. Donde la violencia arbitraria pone cada valor en el peligro que genera, y un final a todo cae de un cielo despejado o explota en la puerta muda de una calle, la historia de vidas en peligro puede adquirir una fuerza, gravedad y ternura sin paralelismos.
Entonces es el caso de la novela que ha ganado el Premio de Ficción Extranjera (Independent Foreign Fiction Prize) de este año: “Los Ejércitos”, obra del escritor colombiano Evelio Rosero´y traducida del español por Ana McLean como “The Armies”, publicado en Gran Bretaña por MacLehose, de Quercus. Como es lo usual, autor y traductor compartirán el premio de £10,000, que generosamente es apoyado por el Consejo de Artes de Inglaterra y Champagne Taittinger. Linda Grant, miembro del jurado, rindió con elogios su tributo a la novela victoriosa; el panel crítico de este año estuvo presidido por Kate Griffin, Fiona Sampson y y Mark Thwaite.
De 126 libros puestos a consideración, dos novelas colombianas alcanzaron la lista de candidatos preseleccionados. Una fue “Los Ejércitos” (The Armies), mientras que la otra, con bastantes méritos también, era “Los Informantes” (“The Informers”), escrita por Juan Gabriel Vásquez, (y elogiada por John Banville) – y también traducida por la misma Ana McLean. Los contendores, cada uno de ellos calurosamente apoyado sin rodeos hasta el final, fueron: “Voice Over” de Céline Curiol (traducido por Sam Richard); “The Siege” por Ismail Kadare (David Bellos); “Beijing Coma” por Ma Jian (Flora Drew); y “Friendly Fire” de AB Yehoshua (Stuart Schoffman). Y esta, pues, no era una lista cualquiera.
Apacible en voz pero feroz en su impacto, “Los Ejércitos” cuenta la historia de la destrucción de una pequeña ciudad montañosa a manos de bandas rivales de soldados, guerrilleros y paramilitares que han ultrajado a la Colombia rural durante al menos cuatro décadas amargas de lucha. Impecablemente equilibrada y escrita, la versión inglesa de Ana McLean le hace justicia al original. Esta guerra es cada guerra; estas víctimas son todas las víctimas; estos ejércitos, cada nerviosa mano de algún niño asustado que alguna vez apuntó un rifle. Sin embargo, es este el lado contrario de una novela nihilista, ya que los pequeños actos de amor, la amistad y la solidaridad tratan de no apagarse contra el borde de la aniquilación. Si esta edad de terror y contraterror, de insurrección y contrarebeldía, y - encima de todo - de sufrimiento civil "y daño circunstancial" necesita su propia respuesta de baja intensidad a una ya olvidada “Sin novedad en el frente”, no debe parecer descabellado que su lugar lo tome una novela como “Los Ejércitos.”
No hay ninguna familia en Colombia que no se haya visto afectada
Cuando Ingrid Betancourt fue liberada el verano pasado después de permanecer seis años como rehén de los guerrilleros, los pensamientos de Evelio Rosero estaban con las víctimas de los que aún permanecían en cautiverio. Se trataba de ciudadanos ordinarios, tomados por guerrilleros, paramilitares o gamberros criminales que cobran rescates a veces impagables, y no, pues, "las joyas de la corona", como se conocía a la política colombo-francesa y sus tres compañeros estadounidenses. “Estamos todo felices, " me dijo Rosero alguna vez en Bogotá, tras el rescate de Betancourt, "Pero ella es una entre muchos, y no debemos olvidar al resto."
La preocupación de Rosero por el tema de los civiles se alimentó de cuatro décadas de conflicto fratricida vivido y fue precisamente lo que estimuló su libro ganador, “Los Ejércitos”, a convertirse en una novela especial. Él antes había escrito cuentos y libros para niños, y esta fue su séptima novela, publicada en español en 2006 (ganadora del no fácil de obtener Premio Tusquets, que ha sido ya declaro desierto dos veces de cinco convocatorias por mala calidad de las obras presentadas) - y su primera en ser traducida al inglés. En 2006, obtuvo el Premio Nacional De Literatura de Colombia, concedido por el Ministerio de Cultura.
Porque también es periodista, a sus 51, Rosero recuerda aún los cuatro años que pasó en París y Barcelona en la década del 80 del pasado siglo. Porque se trata de un hombre tímido, privado, fue casi un milagro que accediera a hablarme en Bogotá, fundada a altitudes mayores sobre los Andes entre las cimas heladas, mientras estaba en la busca de reflexiones sobre el arte de la guerra más larga en América del Sur.
No menos de 100,000 personas - sobre todo civiles - han sido asesinados "o desaparecidos" en los últimos veinte años en un conflicto que es del ejército, los narcotraficantes, guerrilleros y paramilitares por igual, según el informe de Amnistía Internacional presentado en octubre de 2008. Si es cierto que con mucha mano dura y laxitud frente a los derechos humanos ha funcionado "la seguridad democrática " del Presidente Alvaro Uribe, en el poder desde 2002, la situación ha mejorado sustancialmente sólo en las ciudades. Sin embargo, aún en el campo como en mil historias personales, desconocidas y silenciadas, la guerra continúa. Colombia sigue siendo, a pesar de sus esfuerzos, líder mundial en minas antipersonales, y uno de los países con uno de mayores índices de impunidad.
El escenario rural que plantea Rosero en su imaginaria San José, pueblo rodeado por campos de coca y plantado de minas, no es “un verdadero lugar”, afirma Rosero, pero un compuesto que "puede significar cualquier pueblo en Colombia. Tomé la vida diaria, lo idílico tal y como es, y lo saboteé a medida que la violencia entraba en la historia."
Mientras el profesor jubilado Ismael busca a su esposa desaparecida, y el pueblo se desocupa con el repiqueteo de las balas y los secuestros hacen su parte, la novela desciende de la comedia apacible con la que se abre en la violencia brutal - con ráfagas arbitrarias y tiroteos, muchachas secuestradas por los guerrilleros, decapitaciones y atrocidades contra todo aquel que se considera un "colaborador" al final sórdido y aún así cotidiano entre la cotidianidad del país. En ese anticlímax, un soldado es "casi un niño uniformado". Y una granada no explosionada se acomoda como "una flor gris" en la hierba. De ahí deriva la pertenencia de esta historia al despreciado y viejo anaquel de la novela de La Violencia en Colombia, pero, como es evidente, con un cariz distinto, ya que lo local, sin duda, adquiere un matiz universal por la forma como los principales temas se abordan y se metaforiza y simboliza la realidad común a los países en conflicto.
Este no fue el primer intento de Rosero de captar la guerra en una novela. "Había intentado aproximaciones abstractas, casi del mundo del surrealismo, de los sueños. Entonces se me ocurrió que, sin ser polémico o político, uno puede acercarse a temas tan espinosos por medio de la investigación, como el periodista investigador - que es lo que soy."
Rosero se sirvió de las noticias, escuchó disimuladamente a la gente hablar en bares y autobuses, y se entrevistó con algunos de los aproximadamente 3.8 millones de desplazados del campo que hincharon los barrios subnormales de las principales ciudades del país y fundaron nuevas chabolas urbanas —la población desplazada internamente más grande después de la de Sudán. La mayoría de las personas con las que habló estaban en Bogotá y Calí (donde su madre vive). "No hay ninguna familia en Colombia que no haya sido afectada, " dice el escritor, agregando que incluso amigos suyos han tenido parientes secuestrados o han quedado presos en el tiroteo.
Mientras otros novelistas colombianos se han propuesto pintar con todos los colores al narco-tráfico urbano o temas históricos lejanos a una realidad que sin duda los ha superado en su anemia, Rosero se cree el primero en retratar la guerra rural de hoy, y no es por menos. Sus objetivos eran abordar " un mar de indiferencia ", para esperar que "la otra gente, incluyendo la que está en el extranjero, entienda algún día lo que debe haber sido vivir en esta clase de violencia".
Hasta hace aproximadamente 15 años, "esto solía ser una guerra entre los grupos armados. Lo nuevo son los secuestros y las matanzas en masa de civiles desarmados." Rosero atribuye esta fase "a la subida al poder de los paramilitares, que incrementó el conflicto entero". Estos ejércitos privados, que comenzaron como fuerzas de autodefensa contra los guerrilleros, son etiquetados en Colombia irresponsablemente como de "derechas" e "izquierdas" - aunque se financian en parte y parte gracias al secuestro y al tráfico de drogas. Para Rosero, "ningún bando tiene ideología alguna, pero lo cierto es que los paramilitares están detrás de las peores atrocidades."
Como novelista, Rosero "no podía tomar partido", pero usó el arte "como testigo" (un tema apasionante en la literatura, que me recuerda las obras de Nadine Gordimer, Imre Kertész, Nuruddin Farah, Li Rui y hasta Gao Xingjian). Los ejércitos se confunden cada vez más en una sola fuerza, un "ellos". Esto se refuerza en la idea de que los extremos, por más contrarios que sean, terminan al final uniéndose; es lo que pasa con las dictaduras que se llaman “capitalistas” y “socialistas”, que convergen, pues, en la misma figura dictatorial. Como Ismael dice, quienquiera a quien ellos pertenezcan, se trata siempre de las mismas manos. Los hechos en cualquier caso son impugnados. En la novela, el presidente afirma que “ni aquí ni en otra parte en el país hay una guerra." Cosas parecidas se decían en Chile de Pinochet y se escuchan en Venezuela hoy.
Como Ismael grita al sopesar las historias que son como las de un padre paralítico y los hijos que él siente que lo abandonan, "A quién creer? "; esto, en parte, también proyecta el desgaste de los partidos políticos, por reflejo de la larga guerra, anticipa ya, en otra lectura, la necesidad del "mesías". Así, Ismael, al perder su memoria, metaforiza a un país olvidándose de sí y de sus valores. Para Rosero, "él [Ismael] todavía recuerda un tiempo que se ha extinguido, de respeto de paz, amor mutuo - de mujeres - que hace parte de la identidad de Colombia.” Se trata del choque de una persona mayor que de repente ante los hechos que escapan su entendimiento se horroriza por el mundo que una generación nueva está creando a su alrededor. Uno de los aspectos más interesantes, quizás, es el del personaje-testigo, en la difícil teoría del testimonio literario aplicado a Colombia, del que, sin duda, Rosero se convierte en su precursor.
El verdadero ejército es satirizado. En la novela, el capitán Berrío emprende a tiros contra la muchedumbre indefensa, "¡Guerrilleros, ustedes son todos guerrilleros!" se le escucha decir. El general Palacios, por su parte, evacúa los animales del zoo en un helicóptero, mientras abajo la gente muere indignamente. "Es todo real, tomado de los periódicos; nada de esto es de mi imaginación," afirma Rosero. La guerra ha cosificado la humanidad de una parte del país invisible, compuesto de pobres, desplazados y muertos. Más alla del conflicto, hay una tragedia social/moral muy profunda en el país.
Mientras el gobierno persiste en derrotar a los grupos guerrilleros (las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc) y el más pequeño ELN) y se ufana de haber desmovilizado a los paramilitares con una ley de amnistía, Rosero explica que "la impunidad es en Colombia el pan de cada día. No hay ninguna corresponsalía y consistencia en el castigo del culpable. Los paramilitares han infiltrado el sistema político y judicial – que son putrefactos." Sobre los niveles de violencia en el campo, lo cierto es que, como dice el escritor, "nada ha cambiado."
Lo que sí ha cambiado, para el autor, es "como la gente se ha unido más allá de los bandos y las ideologías para oponerse a la guerra," como lo ha demostrado la solidaridad reciente de marchas y grupos a favor de la paz. “Siempre hay una respuesta dondequiera que escala un conflicto," dice. “Los civiles solo quieren que se les deje vivir en paz.” Que es un derecho humano básico, por cierto.
La apreciación del jurado del Independent
Se trata de una novela en la que un profesor jubilado de un pueblo tranquilo de Colombia, espías a sus vecinas. Esto lo lleva haciendo desde joven, y así fue incluso como conoció a su esposa, tras verla levantándose sus pantalones bombachos en los servicios de un terminal de autobuses. No obstante, pese a la decrepitud y el hecho de haber sido maestro (lo que le dio cierto nivel de respeto) no ha dejado de ser, en el fondo, un vulgar mirón.
En un solo día, la ciudad queda en ruinas cuando se cruza en el camino de la guerra: guerrilleros, paramilitares y las fuerzas del Estado descienden sobre la gente para secuestrar, asesinar y destruirlo todo en actos viles.
El profesor jubilado vuelve de hacer una visita a un amigo en las afueras para entender que su esposa no está en casa, que ha desaparecido en la catástrofe. Va de vecino en vecino (los que todavía quedan) preguntando pero nadie sabe de ella. Hacia el final del día, ha desaparecido. Su nombre no está entre aquellos a cuyos familiares exigen enormes rescates, pero figura en las estadísticas oficiales del conteo de cuerpos.
Dos años más tarde, los hombres armados regresan a las ruinas deshabitadas y el profesor jubilado decide enfrentar la tragedia, en nombre de la humanidad.
“De 126 novelas ya publicadas enviadas al premio, “Los Ejércitos” era siempre mi opción ganadora este año”, dijo Linda Grant, presidente del jurado. “Se trata de una obra que se eleva sin esfuerzo por encima de la novela contemporánea política ya que no contiene ni lecciones de historia o manifiestos moralizantes. El personaje central tampoco es un intachable inocente y los acontecimientos podrían ocurrir en Sri Lanka, Kosovo, la franja de Gaza o en el Congo.”
La guerra y la violencia devoran a la gente viva. La guerra es el horror y la locura. Devora incluso las causas mismas que la engendró. Al ciudadano común, anónimo y olvidado, no le importa de quien proviene la bala que se le dispara. Al final, más que banderas, son balas asesinas.
Evelio Rosero ha bañado su pluma en la sangre de Colombia para escribir una epopeya de poco más de 200 páginas. Si alguien se ha preguntado si hay vida en la novela colombiana después del realismo mágico, esto es prueba del poder extraordinario de una literatura del testimonio parcialmente huérfana que aún espera a sus escritores.