Introducción
A la una de la tarde de un jueves de mediados de octubre de 1973, luego de que los miembros de la Academia Sueca confirman su decisión, el secretario permanente Karl Gierow se dirige al salón de siempre en el piso alto del Börshuset, la antigua bolsa de Estocolmo, para poner cara a varias docenas de periodistas ansiosos, pese a su disgusto por la unánime elección tomada ya por sus colegas. Frente a las cámaras y grabadoras de bolsillo, libretas y plumas, Gierow lee el nombre del afortunado ganador del Premio Nobel de Literatura, la mención oficial y luego las versiones correspondientes en tres idiomas. En el ambiente yermo del salón, un traductor australiano rompe el silencio ante la sentencia y eufórico aplaude. Una ola de comentarios, un rugido sordo oscila entre los presentes, pero finalmente las luces se apagan y la nube rápidamente se dispersa. Gierow se retira, apenas disimulando su desdén. La fortuna que debió caer sobre su candidato, el estadounidense Saul Bellow, será aplazada hasta 1976. White llevaba cuatro años como finalista. De dieciocho, un voto había salvado la gloria de Australia en las letras universales; el del poeta sueco Harry Martinson que, desde su lecho de hospital y a pesar de su negativa de escoger entre Bellow y su rival, aclaró la decisión: «Sin embargo, ¿por qué no otorgamos el premio a la nueva tierra de Australia?». Del otro lado del mundo, en Sydney, los relojes marcan las nueve de la noche en la víspera de la inauguración de la Opera House por Isabel II. El bullicio de las últimas noticias de Europa embate la modesta casa sobre Martin Road, la residencia del escritor laureado, con sus olas huracanadas. Solo una ventana proyecta un haz de luz sobre el muy bien cuidado jardín, alguno de los perros ladra y, cuando un periodista se atreve a llamar a la puerta, la luz se desvanece en el silencio misterioso de la noche. Desde el otro lado de un cristal, en penumbras, Patrick White cuenta los primeros veinte “intrusos” que acampan inesperadamente en su parque, rodeando la casa para esperar una señal. Hay una sensación de escándalo que lo asusta y lo molesta, nunca ha sido un hombre público. En silencio, se desliza por las escaleras y sin encender una sola bombilla acepta lo inevitable. A solas, se sirve un vaso de güisqui y espera. Sobre sus hombros ha caído la capa de la inmortalidad.
En 1983, igual suerte corrió el maestro de gramática del viejo Cornwall, ese condado sureño en forma de punta que sobresale del lado occidental de Inglaterra, último bastión de los celtas, o como dicen por Plymouth, «the beautiful frame around a plain picture». William Golding tenía 72 años entonces. El día que se enteró que había ganado el Premio Nobel de Literatura se dirigió hasta un pueblo cualquiera huyendo de la prensa. Allí, sin darse cuenta, estacionó su coche en un lugar prohibido, lo dejó por un momento y cuando regresó encontró un boleto pegado en el parabrisas. Una guardián de tráfico, de aspecto juvenil, se le acercó. Con el dedo, apuntó la señal de prohibición. Acaso no sabe leer?, le dijo. Tímidamente, Golding se subió en su coche y anduvo unos cuantos metros hasta el lugar donde se plantaban dos policías del condado. Les preguntó si podía dirigirse directamente al Ayuntamiento y pagar su fianza de inmediato. “No, señor”, le dijo el más viejo de los dos; “no es el procedimiento”. Amistoso, el policía le indicó cómo elaborar el cheque por diez libras y a quién dirigir el pago. “En el sobre, escribe la misma dirección del Clerk to the Justices, pega una estampilla de seis peniques y lo envía por correo.” Sin embargo, lo que siguió Golding no se lo esperaba. “Y a propósito, reciba nuestras felicitaciones por haber ganado el Premio Nobel de Literatura”.
Dos anécdotas donde es claro el temor de estos hombres por la prensa, vidas coincidentes en muchos aspectos, especialmente en el plano literario, donde ambos escritores sobresalieron en sus temas del aspecto negativo humano. Por ejemplo, a Golding, desde 1958, poco después de la aparición de su primera novela tras fracasar como poeta, la crítica británica lo había llamado “pesimista”, título que compartiría con White en la literatura anglosajona de la segundad mitad del siglo XX. Sin embargo, Golding logró darse a conocer más que White en Hispanoamérica, presuntamente por la motivación que traería la concesión del primer premio literario del mundo a Gabriel García Márquez apenas un año antes que la suerte recayera sobre él, mientras White jamás sería traducido y reeditado al castellano después de los setenta (incluso en inglés ya se archivó).
El interés de este ensayo es esbozar los paralelismos entre la obra del uno y el otro, resaltando la importancia tópica de su prosa en conjunto, para iluminar los aspectos aparentemente sombríos en la literatura de cada uno.
Golding: escritor de oscuras fábulas y mitos
William Golding ganó la cuña de “pesimista existencial” porque jamás dejó de confesar que el hombre es un ser malo por naturaleza. En sus conclusiones filosóficas, no son los sistemas ni la política las que crean maldad, sino el hombre, capaz de producirla como la abeja la miel. Esta nueva idea surge en el escritor tras sus experiencias como combatiente (primero a bordo del HMS Galatea en el Atlántico Norte, luego en la invasión a Normandía) naval durante la segunda guerra mundial, cuando el mundo fue testigo del más grande despliegue de la maldad jamás visto. Golding, un filósofo acertado de los tiempos modernos, veía la naturaleza como un ecosistema autosuficiente, tal como lo revela en su novela “The Inheritors” (Los Herederos, 1955), donde el Homo Sapiens destruye al hombre de Neandertal abusando de su situación de inferioridad. Sin embargo, su tema principal fue el pecado original del hombre, su relación e influencia con la civilización, un pecado que no puede ser extirpado porque el hombre en sí es corrupción, su naturaleza es dejarse tentar y caerse.
En ningún momento Golding hizo uso directamente de las concepciones religiosas para soportar sus argumentos. No obstante, en su concepción, la civilización se hace indispensable para los hombres, la sociedad, no en la estela de Hobbes, ni tomando completamente a Bossuet y la Santa Escritura (lo que recuerda a Aristóteles) sobre la idea del «hombre hecho para vivir en sociedad», por cuanto el preceptor del Delfín veía la sociedad establecida con tantos lazos sagrados pero violada y destruida por las pasiones; entonces es aquí cuando surge una pregunta: ¿y de dónde vienen las pasiones?
El aporte de William Golding desde el enfoque de la literatura es contrario a la creencia de que el hombre es inocente y la sociedad dañina, pero como lo expone en “Lord of the Flies” (El señor de las moscas, 1954), es precisamente ese aspecto organizacional de la sociedad, la imposición de barreras, límites a los hombres (actuantes en su autonomía y libertad), las que son necesarias para mantener su oscura naturaleza bajo control. Es decir, los hombres son naturalmente lobos unos para otros, pero sólo estableciendo parámetros inquebrantables son capaces de evitar la antropofagia.
Estas ideas se acercan mucho a las de un célebre compatriota suyo, las del filósofo John Locke, que expuso la idea que la sociedad nacía producto del consentimiento de los hombres, partiendo de un estado idílico, carente de todas leyes. Es el mundo de la anarquía natural de la propia esencia humana, donde cada cual es juez de su propia causa, rey a su manera, predispuesto siempre a perjudicar por pasión y venganza. Esa es exactamente la historia de “El señor de las moscas”: una vez que las instituciones estabilizadoras de la pasión humana, derivada de esa sociedad natural intrínseca, desaparecen o son ignoradas, los hombres tienden a regresar a la parte más primitiva, y por ende, más oscura de su naturaleza.
William Golding alguna vez se declaró “por naturaleza un optimista, por observación y deducción pesimista”, y no dudó en dejarlo claro en sus demás obras. En el corazón del hombre, el poder del mal es siempre superior al del bien, puesto que aquél es más fuerte y atractivo. De las fuerzas siempre en oposición de las que hablaban los griegos y definían el equilibrio, la justicia, el bien poco convence a las masas y casi siempre estas sucumben a la retórica de la maldad. En este ámbito, la sociedad resulta ser una fina máscara que disfraza al alma salvaje del hombre. “The Spire” (La cúspide, 1964) es quizá una de las novelas más luminosas y positivas del conjunto, y en la cual Golding encuentra finalmente el punto de encuentro entre los dos opuestos metafísicos, por lo tanto consiste en una afirmación: el hombre es la síntesis del bien y el mal, como en Tales, el equilibrio de los estados cuyo resultado es el ser. Esta es la historia de la cúspide soñada por el deán de la catedral (probablemente inspirada en Salisbury), cuyos destellos de inspiración le son proporcionados directamente por Dios, y para lograr su cometido, sacrifica no solo lo mundano sino también lo humano. Evidentemente, los impulsos tras la edificación de la cúspide son tanto la visión religiosa como el orgullo personal: el resultado del esfuerzo acerca las almas de los hombres más a Dios pero el precio humano pagado regresa la obra a su baja naturaleza. “La cúspide” demuestra así la unidad que puede coexistir con su propia paradoja.
Otra de sus novelas, “Free Fall” (Caída libre, 1959), retoma el punto de partida de Tomás Hobbes para demostrar cómo los hombres nacen para lastimarse entre sí, y a sí mismos. Aunque aquí, el tema central es la pérdida de la libertad, y por consiguiente, la libertad de ser bueno. “When did I lose my freedom?”, se pregunta ya en la primera página el protagonista, Sammy Mountjoy, un artista que, tras ser liberado como prisionero de guerra, emerge de su celda como Lázaro de su tumba. En “Rites of Passage” (Ritos de Paso, 1980), Golding regresa al tema de la civilización, esta vez, en la sociedad que surge en un barco que se dirige a Australia a principios del siglo XIX, un microcosmos del conglomerado británico. Aquí, se entreteje un argumento narrado de manera epistolar alrededor de la caída del hombre, la corrupción inherente al poder y la imposibilidad de desclasamiento. Reunidas las jerarquías en unos cuantos hombres, Golding arremete contra los sistemas sociales en cuanto a la culpa y el pecado, ya que todos son verdaderamente culpables por la acción u omisión de uno de sus hombres. Esta novela ofrece quizá uno de los apartes más ilustrativos de la obra de Golding, cuando Talbot, el personaje central, reflexiona con el capitán del feo y anticuado barco acerca del mar. Cuando Talbot pregunta al capitán qué es lo que él agradece a los océanos, más que el espectáculo inusual de “Arte Pictórico” evidente, este responde: “La capacidad que tienen de aislarlo a uno de sus congéneres”. El barco, como una cárcel de la que ninguno puede escapar y que genera su propio sistema dinámico organizacional completamente ajeno al del mundo civilizado, resulta el escenario propicio para explorar por ejemplo el peligro, y la capacidad que tiene para atenuar los rigores sociales.
“Darkness Visible” (La oscuridad visible, 1979) es la novela de la crueldad humana, que evita el extremo lado sanguinario y sádico para demostrar los aspectos de exteriorización más simples de esta. Dado su aspecto moral, en cuanto a los personajes son en su mayoría antisociales (marginados de la organización por sus desgracias), la novela se asemeja finalmente a “Moll Flanders” de William Defoe, a pesar de que esta fue escrita con la idea de arrepentimiento cristiano, y no la de criticar y satirizar. El personaje central, un huérfano londinense desfigurado tras los bombardeos durante el Blitz, sufre y sobrevive en un mundo cruel, en parte por los complejos que ha sembrado la misma sociedad en su interior, en parte porque resulta su naturaleza más ingenua y primitiva. Y es en este punto donde coincide con “The Inheritors”, en cuanto el hombre se degrada sometido tan solo a sus instintos, distinta a la teoría del paleontólogo y novelista finlandés Björn Kurtén, que explicó como los hombres de Neandertal desaparecieron al enamorarse fatalmente de sus vecinos, los físicamente bellos Cro-Magnon.
En Golding, resumiendo, el primitivismo del hombre del cual no se ha podido librar ni podrá acaba siempre por imponerse a la engañosa apariencia de civilización. Sus ambientes literarios son restringidos, casi siempre cerrados: una catedral, una pirámide, un barco. Alguna vez se llamó, en la certitud del cenit de sus años, “pesimista universal pero optimista cósmico”, distinguiendo claramente entre el universo, como la suma del conocimiento empírico del hombre, y el cosmos, como la totalidad de todo lo que existe, incluyendo a Dios y al hombre. En sus novelas, Golding investiga la presencia innata del mal en el hombre tapando la apariencia de civilización. Así concluye la inevitable propensión humana a la maldad, mucho más fuerte que aquella al bien.
El pesimismo existencial de Patrick White
Por muchos años, Patrick White fue el hijo negado de Australia, y a pesar de esta marginalidad inicial, finalmente se impuso y trajo consigo el reconocimiento de la importancia de las letras australianas en el mundo, especialmente en el ámbito de la Commonwealth, donde el país era considerado como el patio de atrás de Gran Bretaña. Sin lugar a duda, como hombre, era un pesimista en todo el sentido de la palabra, a veces rayando en fatalismo. En sus novelas y cuentos, los personajes son siempre extraños, individuos totalmente ajenos a la sociedad, siempre paradójicamente inhumana, hostil. Porque fue en estos marginados, que el escritor puede discernir las calidades humanas primordiales, reconociendo el mal, pero encontrando salvación para sus almas torturadas en la humildad y la humillación, el sacrificio por el bien, en últimas. La religiosidad de White resulta bastante atípica en la medida que deslinda las cuestiones existenciales, místicas y sicológicas del rigor de la ortodoxia de los dogmas y creencias, a pesar de inspirarse en parte en el misticismo Judío-Cristiano y las filosofías del panteista Eckhart, Schopenhauer, el psicoanalista Carl Jung, Buber y Blake.
La actitud pesimista de White consiste en que sus exploradores existenciales figuran como simplones inocentes, aislados o alineados, incapacitados mental y físicamente por el entorno que los moldeó y los rechaza, pero que finalmente consiguen un cierto grado de clarividencia (que los demás no ven) tras las duras pruebas cotidianas. En novelas como “Voss” (Tierra Ignota, 1957) y “The Vivisector” (El vivisector, 1970), White muestra como el explorador y el artista, en su búsqueda de la verdad, sufren y hacen que otros sufran.
Acabado de graduarse de Kings en Cambridge, Patrick White publica finalmente su primera novela en 1939, “Happy Valley” (Valle Feliz, 1939), la cual consigue ciertos elogios (es el primero y único argumento real en toda su obra). Ya en ella, la cimiente de su angustia temática se plantea, y la esterilidad de una comarca australiana en la vida de un hombre toma el gemido de una tormenta existencial: sin embargo, este finalmente renuncia al cambio y se doblega ante su comunidad, donde se analiza la futilidad de la felicidad. Australia es, con excepción de la novela “The Living and the Dead” (Los vivos y los muertos, 1941), título tomado del párrafo final de Dubliners, de James Joyce (“…he heard the snow falling faintly through the universe and faintly falling, like the descent of their last end, upon all the living and the dead”), el país de la mente, árida, llana, superficial, que ejemplifica a la misma vez la creencia del escritor que “el estado de simplicidad y humanidad debe ser el único deseable para un hombre”, pues en su mundo no hubo lugar a “conocimiento”, término irracional e intuitivo.
No obstante, White abrió una serie de novelas enormes que solo se terminarían más de treinta años después, apenas algunas antes de su muerte en 1990. La inaugural “The Aunt’s Story (La historia de la tía, 1948), escrita en las cubiertas de los barcos repletos de inmigrantes entre Alejandría y Sydney en la posguerra, toca los temas fundamentales de la humanidad, como la relación entre la locura y la cordura, la realidad y la ilusión, y la búsqueda del hombre, por la cual purga sus pecados no solo suyos sino de sus congéneres, y que lo llevan finalmente a la verdad última, un momento de iluminación final sin que haya un después. Los hombres, a partir de esta novela, se dividen para White en dos bandos: los vivos y los muertos, espiritualmente hablando. Y se trata de una espiritualidad casi religiosa, en la que unos se dirigen a la salvación (sin necesidad de santidad) y los otros a la maldición. Se oponen a los personajes materialistas, aquéllos que a mi comprender pertenecen a la gran vaciedad universal, enraizados en convenciones sociales, valiéndose de la estructura para dañar y depredar. White traza la diferenciación clara entre dos verdades: la realidad de la ilusión y la ilusión de la realidad. El conocimiento es difícil, y por cada poco ganado el hombre paga un alto precio. El tema principal de la locura, en esta novela, se esboza en el brillante epígrafe de la tercera parte, frase de la escritora sudafricana Olive Schreiner: “When your life is most real, to me you are mad”.
Las novelas de White muestran cómo el poder de voluntad, la permanencia, las posesiones y la seguridad deben sacrificarse para que los hombres sean salvados del mundo. Australia, el continente aislado, desértico, es el escenario preciso. Hay algo yermo parecido en la geografía del desierto al espíritu colectivo de las sociedades: y es ahí donde los personajes de Patrick White sencillamente no son compatibles con sus alrededores. En “The Tree of Man (El árbol de la vida, 1955), por ejemplo, una pareja campesina logra entenderse mutuamente y a la vez entender los propósitos de Dios al encontrarse en la periferia de una vida nueva, donde la inteligencia y la bondad son las minúsculas posesiones, al alcanzar la urbanización sus tierras. Así, sin excepción, la vida humana en las novelas de White es descrita como socialmente inhibida (por virtud de la diversidad de la minoría ante el gris montón) y su visión particular de las cosas. Un notable efecto de elitismo contradictorio es logrado cuando su inferioridad exterior y su superioridad espiritual es retratada contra el fondo social de mediocridad y materialismo. El desierto, esta metáfora a la condición humana, no solo asume la inesperada e inusual calidad trágica, sino al mismo tiempo retiene su arquetipo apocalíptico y sus propiedades diabólicas. Tradicionalmente el lugar donde las hondas verdades se revelan, es también un lugar de sufrimiento y penurias. Las enormes distancias que recorre el megalómano explorador Johann Voss ilustran las discrepancias entre la aspiración de la naturaleza humana y la carne terrenal y la aspiración espiritual. Más adelante, en las novelas “The Eye of the Storm” (El ojo del huracán, 1973) y “A Fringe of Leaves” (Una orla de hojas, 1976), el desierto aparecerá en la forma de centro, el interior a todas las posibilidades interpretativas. En “Riders in the Chariot” (El carro de los elegidos, 1961), la más mística de todas sus historias, presenta la necesidad de comprender que la ilustración (en términos estrictamente filosóficos) religiosa o metafísica surge de la simplicidad de la vida, por sí misma, y no puede separarse de ella. Las visiones que colocan a los hombres por encima de los demás llegan incluso en las más inusuales de las mundanas circunstancias. “El carro de los elegidos” inspira su nombre de una cita de William Blake sobre los profetas Ezequiel e Isaías, la carroza o el carro representando a Dios como Gracia Divina, terror destructivo y juicio, mientras la sociedad perversa y cruel figura como culpada de sus crímenes, destinada a la maldición.
“Riders” presenta cuatro personajes, es una novela sin argumento, excepto aquel de "sobrevivir y morir", como alguna vez lo dijo. Aparece un pintor aborigen, marginado por su condición de inferioridad (llamado “negro” en Australia), y es el místico/artístico habitante de los alrededores. La lavandera, que descubre la carroza del bien tras escuchar una pieza de Bach en la catedral, que con sus manos enceradas, su cuerpo robusto y su ignorancia es, en palabras del escritor, “la más positiva evidencia del bien en sencillez”. La solterona fea dueña de una heredad en ruinas, el espíritu de la tierra de la novela, que ve la salvación durante sus «instants» de locura; y finalmente el judío inmigrante Himmelfarb, que logra escapar de las cámaras de gas de Auschwitz que encuentra al bien precisamente mientras los aliados bombardean su pueblo natal, y aunque ha buscado el secreto al éxtasis espiritual en los libros, solo en la bestialidad del hombre encuentra todas las respuestas. “El intelecto”, dice, “nos ha fallado”.
Esta novela estudia a cuatro personas a punto de caer en las manos de la maldad, que no es otra que la persecución de los fuertes a los débiles, precisamente en manos de una sociedad completamente mediocre, seducida por la oscuridad de sus instintos. La ironía crítica aparece cuando Himmelfarb es crucificado absurdamente por un grupo de obreros borrachos, pero ya trescientas páginas antes White lo advertía con un “…la guerra había terminado y la paz aún estaba muy fresca” y, refiriéndose a las ramas de la maleza, un disfraz para la civilización, “…dejaban entrever que el enemigo “quizá” (las comillas son mías) no había sido desarmado” por completo.
White detestaba el calificativo de intelectual, y alguna vez riñó “lo peor que le puede pasar a un escritor es que lo llamen intelectual: el más estéril de todos los seres”. Siempre habló de las dualidades humanas en cuanto al bien y el mal, traducidos en poderes, constitutivos de los aspectos positivo/negativo del ser: una, el instinto destructivo, y el otro como acto regenerativo y creativo. Los buscadores de Patrick White no son capitanes Cooks en busca de nuevas riberas: se cimientan en la más clara noción de exploración mental que, finalmente, ante las absurdas convenciones sociales demasiado rígidas, demasiado perversas, permiten su viaje desde un status quo de sufrimiento, hasta un final no más triste, no obstante rescatador.
Conclusión
En 1968, Domingo Pérez Minik, en su libro “Introducción a la novela inglesa actual” abrió el debate sobre la religiosidad de William Golding, confeso católico. “Su catolicismo no tiene nada que ver con el de Newman, Chesterton o Graham Greene. Habrá que meterlo en el Purgatorio para que nos diga la verdad, si es capaz de resistirlo. Sería muy discutible aplicar el nombre de literatura negra a esta obra. Hay un viento de esperanza que lo inunda. O se trata de un cristiano o de un marxista renegado”. Pero más que una clasificación estilística o formal, Golding requiere un agrupamiento existencial. Se encuentra más cerca de Joseph Conrad y de Herman Melville y de sus universos morales, que de cualquier otro autor de su generación, los cuales ignoraba. Sin embargo, en una famosa entrevista reconoció conocer a Patrick White tanto como persona como obra, y admirar en particular la temática de la misma.
Golding y White se interesan, de cierto modo, por la metafísica del comportamiento. No son ya simplemente novelistas sociales que intentan ver la reacción del hombre frente a determinada sociedad, sino dos escritores metafísicos interesados en los estados del ser y en los aspectos de la supervivencia de esa misma sociedad. En un sentido amplio, su obra es existencial, y en el caso de Golding la similitud de “Free Fall” (Caída libre) con La caída de Camus no obedece a una circunstancia fortuita. Como lo explica el crítico Frederick R. Karl en “La novela inglesa contemporánea”: “ambos escritores están interesados en el orgullo y en sus letales consecuencias; ambos han creado Faustos contemporáneos — ¿por qué fútil recompensa vende su alma el hombre moderno?—, y ambos tratan a sus respectivos personajes centrales con ironía, convencidos de que la falta es más considerable en un mundo que no castiga la trasgresión que en otro que la penaliza con severidad.” Así, estos escritores son, en cierto modo, moralistas, a pesar de que White mantuvo que el escritor mensajero es el escritor sin ningún arte.
No toda oscuridad es negror, y no toda luz es claridad. Como en “The Living and the Dead” de Patrick White y “The Pyramid” de William Golding, nuestra vida se vuelve contra nosotros cuando se ha vivido sin comprensión. El tema es similar en "The Solid Mandala" (Las esferas del mandala, 1966) de White, ahora bajo la forma de dos hermanos, unidos y antagónicos a la vez, condenados a vivir juntos toda la vida, cuya única oscuridad se resuelve, ya en el final, por la vía del mito de Caín y Abel. El vivir por vivir, que carece de todo sentido. La secuencia de acontecimientos que han llevado hasta el momento crítico en el que Kitty Standish u Oliver se ven obligados a repasar su vida para intentar entender, comprender cómo han llegado al punto en el que se encuentran, cómo sus vidas se han ido deslizando por una pendiente imperceptible. El horror que provoca el repaso consciente hace que se conviertan en seres irreconocibles para ellos mismos.
En “The Paper Men” (Hombres de papel, 1985), Golding escribió: “No comprendemos muchas cosas de las que hacemos, ¿verdad?". Ese proceso de auto comprensión es característico de los protagonistas de Golding y en esto se asemejan al aura-ironía reveladora que White y Dostoievski plasmaron con maestría en sus historias. En sus novelas, Golding repetía el mismo mensaje: la humanidad es un estado frágil que se ve puesto en evidencia por la presencia del mal. En ambos escritores británicos el pequeño delito y el gran delito no son más que cuestiones de grado que revelan una propensión irracional hacia el mal, pero que está presente en la civilización humana. Así, las obras de Golding, por su parte, no muestran grandes delitos, sino el gran escándalo del hombre mancillando su propia humanidad en su fascinación por "el señor de las moscas", del hebreo Ba’alzevuv, Beelzebub en griego, un diablo cuyo nombre sugiere decadencia, destrucción, desmoralización, histeria y pánico. En la obra de White el diablo no cuenta con fascinados sino hipócritas que se hacen pasar por santos, el equivalente moderno a la anárquica, amoral fuerza conductora que los Freudianos llaman el Id, cuya única función parece ser la de asegurarse de la supervivencia del anfitrión en el cual se exterioriza, dentro de los parámetros sociales, pero cuya función se desarrolla con enorme tenacidad al atisbo de debilidad. Sencillamente el opuesto a las teorías Darvinistas, luego repensadas por Hitler, de la supervivencia de los hombres más fuertes, pues sencillamente se trata del hombre, y su sociedad, como entidades malignas. A pesar de que puede encontrarse muchos otros calificativos a esta faceta humana, ya sean sacados de la teología o el psicoanálisis, inevitablemente incluye a esta fuerza o estructura síquica como un principio fundamental de nuestra naturaleza. Dostoievsky encontró la salvación en esta libertad, aunque también la maldición. Yeats encontró en ella la única fuente de genio creativo (“Whatever flames upon the night, / Man’s own resinous heart has fed”). Conrad se afligió con el “heart of darkness” y los existencialistas encuentran en la negación de esta libertad la fuente de la perversión a todos los valores humanos.
En sus novelas, Golding y White someten a sus personajes al peor castigo: el proceso de auto comprensión, el espejo que refleja el rostro moral deforme. Es así como en “El señor de las moscas”, William Golding analiza minuciosamente los defectos de la sociedad, regresando a la etapa primitiva, para mirar los defectos generadores de la naturaleza humana. La forma moral de una sociedad depende de la naturaleza ética de sus individuos, que está estrechamente ligado al desarrollo moral de la misma. Por ello, “las personas son muros alrededor de nosotros, no filosofías”.
Desde el plano político, las primeras novelas ― casi sátiras― de Golding interrogan las construcciones de identidad nacional (especialmente la británica) en contraposición con el Nazismo y la “personalidad totalitaria” adoptada por una estructura social. En cambio, Patrick White explorará la misma geografía para interrogar los alcances del “australianismo”, con todos sus prejuicios, en cuanto al excesivo conservadurismo de una sociedad negada a evolucionar tras su independencia.
En “Riders in the Chariot” (El carro de los elegidos, 1961), Patrick White escribió: «A veces, los intrusos detenían sus vehículos e iban a buscar agua. Ella les había visto sumergirse en las pilas horadadas en la roca, secretas, negras y heladas, y sin embargo, continuar prisioneros de su carne de gallina y de su despecho. Mientras que ella, Miss Hare, cuyos ojos siempre florecían, cuyos dedos palpaban, llegaba hasta el éxtasis de una aniquilación completa, liberadora, sin haber recurrido a tales inmersiones». Es una filosofía simple, tal vez idealista, pero muy profunda: ver lo extraordinario tras lo ordinario, la poesía y el misterio, porque si bien, todo está envuelto de misterios. Las preguntas básicas no sobran, y jamás serán completamente respondidas, mientras las generaciones nuevas empujen a las más viejas, respuestas que el hombre debe buscar en su interior si es que quiere salir del túnel de la vida y alcanzar la lucidez existencial.
Por ello, queda demostrado que la presunta oscuridad que muchos le atribuyen a estos dos autores no es completamente cierta, puesto que al fin y al cabo nuestro equilibrio ontológico consiste también en el desajuste, tal vez en mayor medida, y precisamente es el estudio del lado macabro del ser humano el que convierte a estas novelas en clásicos de la filosofía, la antropología y la sociología.